XVIII Congreso del Partido Comunista Chino: 90 mil protestas populares

En el momento en que China se convertía en la segunda economía del mundo y cuando todo parecía sonreírle para su ascenso como potencia global, la creciente desigualdad social, combinada con el estado catastrófico del medio ambiente y la rampante corrupción, ha comenzado ha crear un profundo descontento social, que produce unas 90,000 protestas populares anuales.

| 20 noviembre 2012 12:11 AM | Columnistas y Colaboradores | 569 Lecturas
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No está emergiendo entonces en China, como lo difunde el Partido Comunista, una sociedad armónica.

China es hoy uno de los países del mundo donde más ha crecido el índice Gini de desigualdad social. En realidad existen dos Chinas: una, es la del milagro económico con una clase media de unos 200 millones y una oligarquía multimillonaria; la otra, de la cual poco se habla, es la China con ciento de millones de pobres y trabajadores con bajísimos salarios y sin seguridad social, envuelta en un megacatástrofe ecológica y una rapante corrupción.

Según el Banco Mundial, la destrucción ecológica cuesta ya el 2,8% del PBI, gran parte del agua está contaminada, hay gran escasez para la agricultura y más de 440 ciudades sufren serios cortes de agua. A esto se suma la grave contaminación del aire que está causando medio millón de muertes al año.

Pero lo que erosiona cada vez más la legitimidad del Partido Comunista es una corrupción que inunda todas sus esferas. Muchas familias de dirigentes tienen florecientes empresas o están asociadas con inversionistas extranjeros. Sin conexiones con el partido, es difícil instalar una empresa en China.

Recientemente, el Nueva York Times publicó una investigación venida de China que probaba que la familia del exprimer ministro Wen Jiabao, nada menos del líder de la lucha contra la corrupción, había logrado una fortuna estimada en 2,700 millones de dólares. Esto solo ocasionó un simple desmentido de Wen y todo quedó allí, sin investigación. A pesar de que pocos días antes el presidente Hu Juntao, al inaugurar el XVIII Congreso, había advertido que la corrupción “podía derrumbar al partido y al Estado”. Por supuesto, el pueblo no supo nada debido a la censura.

Para vencer la desigualdad social y detener la catástrofe ecológica se necesita combatir la corrupción. Esto no se puede hacer sin una reforma política que permita una fiscalización, a través de la división e independencia de los poderes del Estado. Esta reforma no ha sido materia del XVIII Congreso.

En lo político, todo sigue igual: es el gobierno del partido, por el partido y para el partido; a través de un Comité Central de 370 miembros, un Politburó de 25, un Comité Permanente de tan solo 7 mandamases, y encima de todo esto un solo jerarca, el Secretario General del Partido y Presidente de China, hoy: XI Jinping, cuya elección ha sido un enigma envuelto en un misterio.

Esta pirámide de poder se parece al arcaico clan con que gobernaba Gengis Khan. Ni por asomo una efectiva división y control de poderes y cortes de justicia independientes. En su lugar, las conexiones personales, la corrupción, el secreto en la toma de decisiones y la censura de la prensa e internet, hasta el punto que la primavera árabe y Occupy Wall Street no existen porque son malos ejemplos para el pueblo chino.

¿Es que se puede gobernar una sociedad moderna así?

Según cifras oficiales, ya hay noventa mil protestas populares. Seguro que son más, pero lo que sí está claro es que aumentarán en el futuro, salvo que el partido cocine las cifras en función de su tesis de la armonía social.


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