Volvió por su dinero

Mi tía Julia tenía una inmensa casa en Juliaca en la que guardaba mucho dinero que después de muerta volvió a recuperarlo. Era gorda, autoritaria, malvada y tacaña. No ponía su dinero en el banco porque creía que los funcionarios de la entidad financiera la iban a estafar. Por eso guardaba su plata en un cajón de metal con un candado grueso empotrado en un pequeño cuartito dentro de su cuarto grande. Un empleado de su confianza cuidaba celosamente el dinero.

Por Diario La Primera | 17 set 2012 |    

La casa de mi tía era tan grande que ocupaba dos manzanas y tenía dos puertas inmensas que daban a dos calles distintas. Al centro de la casa colonial, había una pileta. La tía había acondicionado dos negocios en la casa: una pollería y la bodega más surtida de la ciudad de Juliaca de aquel tiempo. Además, alquilaba cuartos o simplemente espacio para dormir a comerciantes de la zona. Yo creo que la tía guardaba mucho dinero.

Mi tía Julia se vestía como andina alucinada que creía tener todo el dinero del mundo y era mala con la mayoría de sus empleados, quienes en su mayoría estaban dispuestos a matar por ella. Ella usaba unos zapatos extraños con unos tacones enormes que cuando chocaban contra el piso hacían tac-tac-tac-tac.

Mi madre iba a visitarla conmigo una vez al año. La última vez que fuimos a verla, yo tenía 12 años de edad. Aquella vez la encontramos muy enferma. Algunos empleados de la casa se alegraban de su estado; pero la mayoría estaba muy triste. Se murió un viernes en la noche y ningún médico de la zona supo explicar por qué. Mi padre llegó el sábado. El domingo la enterraron y ese día nevó y los granizos hicieron correr a los asistentes del cementerio. La noche de aquel día sentimos algunos pasos tac-tac-tac-tac. Al día siguiente, la casa estaba desolada. Yo oía tac-tac-tac-tac, a los lejos. Mi papá también. Mi mamá se persignaba. Cuando la noche se apoderó de la casa sentíamos que ella se acercaba a nuestro cuarto. Estábamos cerca del cuarto de la tía y por la ventana no veíamos nada, pero escuchamos tac-tac-tac-tac. De pronto alguien abrió la puerta de su cuarto y seguía sonando tac-tac-tac-tac. “Volvió por su dinero”, dijo mi padre. Mi madre no podía hablar. Yo tampoco. Solo escuchábamos tac-tac-tac-tac.

Al día siguiente, su empleado de confianza gritó: “nos robaron, carajo, nos robaron”.


    El Escorpión

    El Escorpión

    El Escorpión

    elescorpion@diariolaprimeraperu.com