Volver al silencio

Marcela Apaza se levantó abruptamente y no recordaba cómo había llegado hasta ahí, un cuarto aislado en un edificio. Se sintió capturada y su memoria era una nebulosa en la que brillaban apenas algunos datos sueltos como chispazos de luz. Gritó con toda la fuerza de sus entrañas. Se acercó a la ventana y pudo ver una ciudad sumida en el desorden de donde unos bocinazos trataban de trepar hasta la ventana pero se perdían en el camino.

Por Diario La Primera | 28 ago 2012 |    

De pronto entró al cuarto un hombre con cara de niño preocupado, con un vaso de agua en una mano y con una pastilla en la otra y le dijo:

—Marcela, tranquila, regresa a la cama, regresa a la cama.

—¿Quién es usted?

—Soy Hugo.

—¡Retírese! —dijo Marcela de manera firme.

Hugo dejó el vaso de agua y la pastilla sobre una mesita al lado de la puerta que cerró con llave desde afuera. Marcela volvió a acercarse a la ventana y se dio cuenta que ésta estaba acondicionada como para que nadie pueda escaparse. Corrió al baño cuya ventana pequeña también tenía la seguridad para que nadie intentara salir del lugar.

Se sentó con la espalda apoyada en la puerta y abrazando sus rodillas y pese a que hizo todo el esfuerzo por recordar era imposible que esos chispazos de luz se convirtieran al menos en un rostro, en una escena que pudiera ayudarla a enterarse qué estaba haciendo ahí encerrada en una espantosa soledad. “Qué mierda hago aquí”, dijo sollozando.

Llegó la tarde con un frío espantoso y Marcela Apaza volvió a la cama. Miró el techo vacío adornado apenas por una luz tenue y lo único que quería era volver a dormirse para no sufrir de soledad y desmemoria. Apagó la luz, y se tomó la pastilla creyendo que la ayudaría a dormir.


    El Escorpión

    El Escorpión

    El Escorpión

    elescorpion@diariolaprimeraperu.com