Volver a casa

Entonces, después de pensarlo días y días, después de meditarlo tanto, Roberto volvió a la casa de sus padres, donde vive el cariño.

— ¿Hijo, qué milagro, qué pasó y esa maleta?

| 06 octubre 2011 12:10 AM | Columnistas y Colaboradores | 954 Lecturas
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—Vengo a quedarme unos días, mami. Tuve algunos problemas, ya sabes con quien.

Doña Cristalina lo abrazó fuertemente y se puso a llorar. “Yo te dije, hijo, que esa mujer no te convenía. Qué bueno que hayas vuelto, qué bueno”.

— ¿Gracias, mami, está desocupado mi cuarto?

—No, hijo, lo tengo alquilado desde que tu papá se fue. Quédate en mi cuarto yo iré a la azotea, al cuarto de madera.

—No, yo voy al cuarto de madera.

Roberto al fin pudo sentirse tranquilo. El cuarto de madera estaba totalmente desordenado, lleno de polvo y cosas viejas; pero Roberto se sintió en casa; y se puso a llorar tendido en la cama. Hace días que dormía de hotel en hotel y antes de volver a su casa había pasado la noche en un parque.

Su madre subió con un jugo de naranja.

—Hijo, toma esto. ¿Quieres que hable con tu esposa?

—No, claro que no mami.

— ¿Me puedes contar qué paso?

—Nada, solo son cosas.

— ¿Te dejó?

—Me dijo que ya no me ama. Yo tampoco la amo ya; pero cuando ella dijo que hace años que ya no me ama, me reventó el corazón.

—Por Dios, hijo, ya no sigas.

—Está bien.

— ¿Es verdad que ya no la quieres, que pasó, se te murió el amor o qué?

—Los años, mami, los años matan todo.

— ¿Tú amas a alguien ahora?

—Profundamente. Pero eso es otra historia. Creo que es la primera vez que amo en serio, creo que es la primera vez que el amor vino a mí. El problema es que ella no me ama por muchas razones. La edad y tantas cosas; y yo no puedo manejar eso, e insisto e insisto y friego cada día nuestra amistad. Ella ama a otro que está lejos o algo así y todo es una vaina, mami; por eso vine aquí a buscar un poco de tranquilidad.

—Está bien, hijo. He pedido tanto para que vuelvas, porque desde que tu papá se fue hay una soledad tan grande en esta casa.

—¿Tus ruegos entonces han enredado así mi vida?

—No hables tonterías, hijo. ¿Y puedes decirme cómo se llama la mujer a quien amas ahora?

—No.

— ¿Por qué no?

—Te reirías.

— ¿Se llama como yo?

—No. Se parece a ti.


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