Vivir en la memoria

En algún cuento de sultanes, visires, califas, eunucos, príncipes y princesas, leí alguna vez que los enormes palacios siempre debían estar en construcción ya que existía la creencia de que una vez terminados entraba en ellos la muerte. “Cuando la casa está terminada entra la muerte”, reza un proverbio turco.

| 08 noviembre 2009 12:11 AM | Columnistas y Colaboradores | 468 Lecturas
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Entonces parece que de eso se trata esta actividad de todos los días a la que la mayoría llamamos vida, algunos la llaman tren de vida y hay muchos que sobreviven y que no saben cómo llamarla. De eso se trata, de estar en construcción aunque no sepamos para que, aunque sólo sea para que no nos alcance la muerte, la condenada muerte.

Morir es no estar más en el recuerdo de los demás. Recordar es algo así como hacer que las emociones vividas vuelvan a pasar por el corazón. Si una vez muertos se deja de mencionarnos, de recordarnos, de conversar con nosotros entonces ya no somos, ya no estamos, ya fuimos como dicen nuestros jóvenes todavía, felizmente, tan lejos de la muerte.

Cuentan que un sultán bien enterado de esto obligaba a su pueblo a repetir su nombre muchas veces al día para estar más vivo, más presente. Sabemos, claro está, que las órdenes de los sultanes no eran letra muerta, ya que sino la sanción menor era el corte de lengua.

Quiero contarles que yo creo en mucho de lo que estoy escribiendo hoy. Sí, pues, creo firmemente en que estás muerto, verdaderamente muerto, si es que los que quisiste no se acuerdan todos los días de ti, si es que no te mencionan y creo en esto les digo ya que lo practico con los míos, con los que ya no están a mi lado, hablo con ellos a diario, les cuento lo que voy a hacer en el día y de cómo me fue en la víspera, les agradezco lo que nos dejaron: sonrisas, ejemplos, anécdotas, esfuerzos, enseñanzas y demás, lo que fuera, lo que me sirva para conversar con ellos un ratito todos los días y así evitar que se me mueran otra vez. En sus cumpleaños llamo a parientes o amigos para recordarlos para tenerlos presentes ese día y muchas veces incluso nos reunimos para celebrarlos. Uno escoge a sus amigos y los míos creen bastante en esto que comparto con ustedes.

Tenemos en nuestro recuerdo, tantos hombres y mujeres buenos, que han dado tanto por nosotros y de los que no nos acordamos sino en aniversarios. Ocasión en que los visitamos para dejarles unas flores que se marchitan al día siguiente y que terminan en la basura y fuera del recuerdo. Muchas culturas son grandes y sobreviven hasta hoy por el culto a sus muertos, culto expresado en el recuerdo, en el tenerlos presentes en su tradición oral, en el respeto a lo que fueron, hicieron y a lo que dejaron.

Creo, firmemente, en lo que aquí digo y practicarlo a mí me llena y me hace sentir acompañado y por tanto más confiado: caminar por la vida al lado de los míos, de su recuerdo, de sus voces, sus sonrisas, hablar con ellos en voz alta para que me escuchen y para escucharlos. Con este diario ejercicio hago que esta vida de construcciones me resulte bastante más grata, menos solitaria y siento, además, que el ejercicio de recordarlos resulta ser una buena calistenia para mi corazón.


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Jaime Lértora

¡Habla Jaime!

Columnista