Virus y gusanos

Les ponen nombres irónicos: Miguel Ángel, Irish, Jerusalén. Pero nadie sabe para qué tanto nombre si sólo son virus de computadora, dolencias de disco duro.

Por Diario La Primera | 31 ago 2008 |    

A los gusanos, que son cadenas moleculares de invasores, no les gustan los nombres sino el enigma de las fórmulas y la pinta letal, matemática y a veces apocalíptica con que sus padres los bautizan: Qh208, Doble Adviento, UG11.

Y a los troyanos, que son los Ph.D. del pus virtual, a veces ni se les nombra sino que se les alude con algún dato sobre la ciudad de donde proceden y la naturaleza de su maligno pundonor.

Pero virus, gusanos simples y troyanos de última generación son parte del mismo ataque y del mismo instinto tanático del hombre.

Es decir, bastó que una red invisible se tejiera en el ciberespacio y que esa red ofreciera una posibilidad de intercambiar información, juntar voluntades y mejorar el funcionamiento de la gente y de las empresas, para que, de inmediato, un ejército de legañosos y de lúmpenes empleara su talento para perforar la red y atacar sus sistemas.

La teoría de que sólo en el Perú funciona aquello de que el que sube el palo ensebado es jalado del saco para que se caiga, no es cierta. El mundo está plagado de parásitos y la envidia agresiva, la imbecilidad lúdica, el alma de langosta y el mongolismo voluntario son una realidad global. En ese sentido, el mundo es ancho pero no ajeno.

Por eso es que hay gente que se pasa horas y horas imaginando qué inventar para joder al prójimo. Y como la red es, por ahora, la mejor prótesis que la comunicación no censurada ha creado, pues entonces a agredirla y a menoscabarla con todo lo que la envidia pueda concebir.

Desde otra perspectiva, ser intruso en una computadora remota es una variante de la violación sexual. Hay algo casi sagrado que se rasga y hay una intimidad que se estropea en el acto de aparecer como un fisgón en el disco duro de otro y no dudo de que algunos pacientes de la flacidez más amarga encontrarán en el arte de crear virus o troyanos un sustituto extravagante de la erección y el cumplimiento del deber.

Estoy convencido también de que algunos fabricantes de pestes de sistema son asesinos en serie que no se atreven a ejercer y que están locamente seguros de que matar a una computadora es algo muy parecido a matar a su propietario (a), sólo que con el añadido gozoso de la impunidad.

Cuando un gusano la penetra y la infecta, le borra la memoria y la condena a un estado de inocencia que ya es invalidez, ¿habrá una vibración que no percibimos? Y es que sin programas y desmemoriada, la computadora corre el riesgo de parecerse a lo que siempre, y en el fondo, ha odiado ser: un estuche de plástico y carbono, un cacharro con marca, un montón de organizado sílice.

Alguna vez yo también pensé que cuando un virus eficaz ha hecho su trabajo, la computadora agoniza parpadeando su luz azul y, de inmediato, lanza un último suspiro en clave de Windows. Ese era el momento -llegué a pensar- en el que su base de datos, o sea su alma, trepa hasta el cielo cargado de cúmulos de la IBM. Allí será juzgada por sus actos, los servicios prestados y las veces que evitó el Alzheimer de un ataque viral.

Referencia
Virus y gusanos

    César Hildebrandt

    César Hildebrandt

    Opinión

    Columnista