Vargas Llosa, el espectáculo

Montserrat Iglesias Santos se estrena como directora de cultura del Instituto Cervantes. Vaya, se lo merece, es una mujer madura, de agallas, de trapío. Antes, había ocupado el cargo de vicerrectora de la Universidad Carlos III de Madrid.

| 29 abril 2012 12:04 AM | Columnistas y Colaboradores | 3.5k Lecturas
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En la foto que observo en el diario El País de España, ‘Monse’ está sentada –de negro y en mini-- entre Mario Vargas Llosa y Gilles Lipovetsky. El retrato es de esta semana y las piernas de la dama es todo un espectáculo. Como espectáculo es el nuevo libro de Vargas Llosa. El espectáculo de la provocación y está bien, como los muslos de ‘Monse’. ¿Y qué no es espectáculo? Lo dudo, como dice el bolero. En el Cervantes de Madrid, el peruano y el francés de la contemporaneidad, reunieron en el acto de la presentación de “La civilización del espectáculo” (Alfaguara) a más de una centena de espectadores prestos a ser testigos de un pugilato de ideas. Un excitante debate intelectual y una discusión crítica sobre la agonía de la cultura –una lástima-- ante la irrupción del entretenimiento, como dice Varguitas.

Hace unos meses, encontré al Nobel caminando en medio de las sombras en el campus de la Universidad de Lima. Era la víspera para el estreno de ‘Las mil noches y una noche”, aquella adaptación de espectáculo multimedia donde Varguitas actuaba junto a la actriz Vanessa Saba. Precavido, el hombre se había quedado para reconocer los misterios del escenario. Hablamos de todo y de nada. Vargas Llosa es así, preguntón y curioso. Ora quería saber que para qué era ese pabellón, ora que cómo diablos era la conducta intelectual de los jóvenes estudiantes. Dos guardaespaldas nos seguían prestos. Aquella vez comprobé que Varguitas estaba nutrido de vida y sus consiguientes enigmas. De esa vez eran sus sentencias sobre que la cultura se ha banalizado, que triunfa la frivolidad en su peor sentido, que el erotismo pierde en favor de la pornografía, que la posmodernidad es, en parte, un experimento fallido y pedante, que el periodismo amarillea, que la política se degrada, que en la civilización del espectáculo, el cómico es el rey.

Un amigo poeta me dice que el último libro de Vargas Llosa es más de lo mismo y ya lo comprobé: “Aunque plantea cosas interesantes sobre las publicaciones, le saca la quinta maña a los críticos literarios y al llamado conocimiento multidisciplinario. Pero es súper reaccionario en la mayoría de cosas, aunque vale la pena leerlo”. Complejo este Vargas Llosa, que para muchos es un neoliberal posero y perverso. A principio de abril, también en la Universidad de Lima y mientras asistía al coloquio “Literatura, poder y libertad” junto al historiador mexicano Enrique Krauze y el profesor peruano en la UCLA, Efraín Kristal, había sostenido entre sorpresa, que el liberalismo es una doctrina llevada a la práctica de mala manera porque existen falsos liberales que disocian la libertad económica de la libertad política cuando en realidad la verdadera libertad es indivisible. Varguitas se rayó cuando dijo que el verdadero liberalismo es aquella doctrina que conquista el mundo con la libertad, fuente de la democracia. Pocos le creyeron.

Su visión política de su último libro –un compendio de sus últimos textos periodísticos “Piedra de toque” más apostillas—traslada al tema de la “cultura” –sí con comillas—sostiene que no todos los seres humanos podemos ser cultos. Que aquello solo es propiedad de una elite, de una aristocracia que aunque provoque rechazo en bloque, no es más que una gran ingenuidad. Y remata en su introducción que: “Vivimos en la extraordinaria revolución tecnológica, audiovisual, el mundo es tan absolutamente diferente que es muy, muy difícil ponerse hoy en día en la piel de un joven. Hay muchas cosas en el pasado que hay que reformar. Pero hay una que se debe conservarla renovándola, actualizándola, esa es la cultura. Una civilización que ha producido Goya, Rembrandt, Mahler, Goethe no es despreciable, no puede ser despreciable. Eso fijó unos ciertos patrones que deben ser, si se quiere, criticados pero mantenidos, continuados. Y esa continuación es la que yo creo que se pierde si la cultura pasa a ser una actividad secundaria y relegada al puro campo del entretenimiento”.

Vargas Llosa sabe que vivimos en el reino de lo efímero y que el viejo armatoste de las ideas patrón hoy se diluye. Conservador, ataca la posmodernidad, ergo el tiempo de nosotros. Así pronostica la desaparición de la cultura en el sentido que tradicionalmente se ha dado a este vocablo y confirma el eclipse del intelectual en la sociedad actual. Lo cito en esta cita: “El intelectual (de hoy) sólo interesa si sigue el juego de moda y se vuelve un bufón. Querer divertirse es legítimo pero convertirlo en un valor supremo tiene sus consecuencias: la banalización de la cultura, la generalización de la frivolidad, y en el campo de la información, que prolifere el periodismo irresponsable de la chismografía y el escándalo”. Cierto Varguitas, pero eso fue lo que propició el bendito liberalismo, sociedades donde la vigilancia y control solo originaron ciudadanos ignorantes y excluidos de ese cogollo canónico y aristocrático.

Así como Magaly Medina –perdón por mi torpeza--, Lady Gaga o Beyoncé no las crearon las izquierdas. A la literatura “Rosa mosqueta” de Bayly o Paulo Coelho no la inventó el socialismo. No, son el producto residual del orden arcaico. Por ello existe la novela “light” y la poesía chatarra. Pero polémico, Vargas Llosa critica los espacios que se le dedica a la moda y a la cocina en las secciones de cultura. Dice que los cocineros y los modistos tienen ahora “el protagonismo que antes tenían los científicos, los compositores y los filósofos”. Es cierto en que andamos mezclados con “las estrellas de la televisión y con los grandes futbolistas quienes tienen más influencias hoy que los profesores, los pensadores y los teólogos. Cuando se refiere al cine agarra carne. Se queja Varguitas que el cine ya no produce creadores como Bergman, Visconti o Buñuel. Que hoy se considera un ícono a Woody Allen quien es considerado mejor que Orson Welles o que se trate a Andy Warhol a Gauguin o a Van Gogh en pintura, o a un Darío Fo a un Chéjov o un Ibsen en teatro.

Tiene razón pero va preso, decían en mi tiempo. “La civilización del espectáculo”, no obstante, es un buen pretexto para discutirnos todo. Provocador y único, Vargas Llosa es fregado. Uno puede estar de acuerdo o no pero lo que no se puede negar –como me hizo recordar un alumno— es el gusto de que viva y joda en nuestros días. No mucho, le había leído definir su talante. Decía que uno tiene la ventaja de que puede convertir un fracaso en materia literaria, y eso lo alivia. Que la escritura es una venganza, un desquite de la vida y que para eso, ha sido preciso mantenerse en forma, cuidarse, viajar, a Palestina, a Irak, a Afganistán. Que fue preciso ir al Congo, al Amazonas, al Pacífico en busca de Gauguin. Que jamás se había detenido y que no pensaba pararse. Porque mientras tenga ilusión y curiosidad y le funcione la cabeza, pues iba a seguir envenenado de ganas por saberlo todo, pues la vejez no le aterrorizaba. “Me acerco a la muerte sin pensar en ella, sin temerla. Mientras trabajo me siento invulnerable”, recuerdo que dijo, casi inmortal.


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