Una sopa de menudencias

Gloria llega a la bodega del barrio y dice en voz alta como para que sus vecinas la escuchen: “¿Casera, cuánto está ahora el kilo de pollo?”; y, luego, casi en la oreja de la bodeguera, susurra: “Un cuarto de menudencias, por favor”.

| 22 mayo 2012 12:05 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.2k Lecturas
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La casera la mira con una cara de odio.

En casa a Gloria la espera un esposo inútil y una hija de ocho años de edad con una pulmonía que quiere empujarla a la muerte. Son las diez la mañana y el esposo no ha ido a su trabajo porque carece de un empleo porque no quiere trabajar y su hija no ha ido al colegio porque la profesora le ha recomendado que se quedara en casa.

Gloria prepara un caldo con las vísceras del pollo, en el cuarto que sirve a la vez como sala, cocina y dormitorio; y el esposo se levanta y le grita: “Oe, apura, pe”. La niña despierta con la exclamación del padre y se pone a llorar.

—Mira lo que haces, tú siempre causando problemas —le dice a su esposo.

—Apura nomás, oe —responde el esposo y se cubre con la frazada.

La niña tose y tose y el caldo empieza a hervir. La mañana fría transforma al cuarto triste en más triste todavía.

Se acerca al esposo y le dice: “Si viene el de la bodega, le dices que yo le tengo que pagar”. “¿Cuál bodega, donde atiende la señora?”. “No, a ella no le debo nada”. “¿Ya, te refieres al tío de la esquina?”. “Sí”. “Oe, pero tú le dijiste que hoy le ibas a pagar”. “¿Y de dónde mierda quieres que saque el dinero”. “¿Y para qué le dices que le vas a pagar”. “Ya, cállate, que tú también has disfrutado”.

Gloria le dio de comer a su hija y se fue de la casa, y luego de aproximadamente media hora el señor de la bodega llegó a la casa.

—Hola, Andrés, quiero hablar con tu esposa.

—Ella no está. ¿Para qué la busca?

—No te hagas. El sábado por la noche les di una caja de cerveza y ella dijo que hoy me pagaría sin falta.

—Es que salió. Yo estoy atendiendo a mi hijita que está enferma.

—Ya sabía que no iban a pagarme. Mira, vuelvo en la tarde. Si no me paga ella, tú me pagarás; y si no me pagas tú, te rajo la cara.

—¿Qué te pasa, oe?

—Ya cállate. Vuelvo en la tarde, vago de mierda.


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