Una niña del cielo

Amanda Paredes se había quedado en la casa de sus padres totalmente sola. Sus dos hermanos se habían casado y trabajaban fuera de Lima y la prima que vivía con ella para acompañarla después de la muerte de sus padres se había casado con un ingeniero de minas y se había ido a vivir con él a una lejanísima provincia de Puno.

| 04 octubre 2012 12:10 AM | Columnistas y Colaboradores | 745 Lecturas
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Amanda era conocida en el barrio como la solterona triste. Había anunciado dos veces que iba a casarse, pero, por circunstancias de la vida o por traiciones de sus novios, nunca dio el sí en una iglesia. En 50 años de vida, había tenido decenas de amores en la vida de los cuales solo le quedaban profundos resentimientos y malos recuerdos.

Uno de sus sueños de niña, que fue desvaneciéndose con el pasar de los años, fue concebir una hija a quien iba a ponerle Margarita Libertad y a criarla como hubiese querido que la criasen a ella.

En la casa en que vivía sola abundaban la tristeza y las ilusiones muertas. Casi no salía, porque no quería responder las preguntas malintencionadas de sus vecinos chismosos ni soportar las bromas de los palomillas de la cuadra. Apenas salía para darle un plato de comida a la borrachita de la cuadra, que era la única que la saludaba con sinceridad cuando pasaba por su lado.

Aquella borrachita desapareció de pronto del barrio y muchos decían que se había ido para no soportar la vergüenza de que no supiera quién era el padre de su hijo no deseado.

Amanda siempre preguntaba por ella; pero le molestaba que le dijeran que ella se había largado del barrio para buscarle un padre a su hijo.

En aquel tiempo, los días de Amanda transcurrían, en la soledad y las lágrimas. No recibía siquiera una llamada de saludo de sus hermanos o de su prima. La casa se llenaba de una soledad espantosa. Sin embargo, una mañana de domingo cuando caminaba para comprar pan, la borrachita la llamó de una esquina solitaria. Entonces recordó que la noche anterior había soñado con una mariposa gigante sobre un riachuelo de aguas diáfanas. La borrachita le entregó una niña envuelta en una manta andina que no lloraba pero que tenía los ojos sumamente abiertos. Amanda recibió a la niña como en sueños mientras escuchaba a la borrachita: “Amanda te dejo a mi hija porque sé que tú la cuidarás mejor que yo. Te la dejo y me voy porque esta niña no merece una madre como yo”.

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