Una muerte bienvenida

El señor Silvio Berlusconi se hace dar leyes para su propia impunidad. El señor Berlusconi ha defraudado al fisco pero no ha pagado judicialmente por ello.

Por Diario La Primera | 10 febrero 2009 |  1.6k 
1689  
El señor Berlusconi tiene un largo prontuario de transacciones dolosas, fusiones de escándalo, balances fraguados y contabilidades dobles.

Demás está decir que el señor Berlusconi admira al señor Mussolini.

Y, sin embargo, al señor Berlusconi le preocupaba dizque hasta las lágrimas la vida vegetativa de Eluana Englaro, en coma irreversible desde hace 17 años.

Y como le preocupaba el asunto, hizo alianza con la Santa Iglesia de Roma –digamos que la tiene a la mano- para impedir que la señorita Englaro terminara de dejar decentemente este mundo.

Para lograr eso, el señor Berlusconi se apresuró a presentar una ley de emergencia que le hubiera impedido a la familia Englaro dejar de hidratar y alimentar ese cuerpo que insistía en llamarse Eluana Englaro, que conservaba algo del rostro de Eluana Englaro, que latía levemente y en silencio desde el accidente de 1992, pero que no era Eluana Englaro sino su inmóvil calavera.

Cuando el señor Berlusconi le presentó el decreto de marras al presidente de la República -Giorgio Napolitano-, éste se negó a firmarlo por considerarlo inconstitucional. Y sí que lo era.

Pero el señor Berlusconi, que admira a Mussolini aunque no se ha atrevido a desafiar a los estadounidenses, no cree en la Constitución. Y como sólo cree en su dinero muchas veces mal habido y en la Santa Iglesia de Roma y en la muerte siempre y cuando el Vaticano la apruebe –no en la que puede propiciar la compasión-, pues entonces, decía, Berlusconi se burló del presidente de la República, hizo aprobar su decreto de urgencia en un consejo de ministros, anunció que cambiaría la Constitución y pretendió que la medida entrara en vigencia aun sin contar con la firma de Napolitano.

O sea que hizo que Italia militara todo este fin de semana en las pundonorosas filas del Tercer Mundo.

El golpe de Estado berlusconiano sucedió el viernes pasado. Ayer, felizmente, ese cuerpo que había usurpado la identidad de Eluana Englaro dejó de dar señales de la primitiva vida que conservaba y acabó de morir.

La familia Englaro, que libró una batalla legal de varios años y que obtuvo una sentencia favorable del Tribunal Supremo italiano, se ha sentido aliviada. Ha hecho lo que Eluana les hubiera suplicado. Ha hecho lo necesario para acabar con esa farsa de vida.

La entidad de ojos fijos que insistía en llamarse Eluana Englaro ha dejado de no-ser.

Eluana Englaro, por lo tanto, ha regresado. La momia que la representaba tan malamente será por fin enterrada. La familia recuperará el recuerdo y la imagen de la Eluana que todos los que la amaron desean recordar.

Un leve resuello no es vida. Una vida sin actividad cerebral relevante no es vida. Una vida convertida en silencio perpetuo no es vida.

Sólo Berlusconi y un sector de la Santa Iglesia de Roma pueden creer –o fingir creer, que es el caso de Berlusconi- que aquello entubado y asistido, despojado hasta de la mirada, es vida que merece ser vivida.

La Iglesia administra el miedo y, por lo tanto, se siente con derecho de regir sobre todos los dominios de la muerte (madre de todos los miedos). Cuando alguien desacata esa autoridad y apela a un aborto luego de una violación, o a la eutanasia tras 17 años de dolor sin duelo, entonces la Iglesia condena y alza la voz.

No es el pecado lo que la subleva. Es la autonomía.

No hay peor enemigo de la Iglesia –de las iglesias y de sus dioses encontrados- que el fantasma de la libertad. Y cuando esa libertad está llena de piedad laica y de buenos propósitos, la Iglesia entra en pánico. Allá ella. Parece condenada a las tinieblas.

Que Eluana Englaro descanse para siempre. Hace mucho que se lo merecía.

Referencia
Propia

    César Hildebrandt

    César Hildebrandt

    Opinión

    Columnista

    Loading...

    Deje un comentario