Una muchacha fuma en el parque

Prende el nuevo cigarrillo con la colilla del anterior. Jala el tabaco como si quisiera acabar el cigarro de una sola pitada. Se protege del viento y la neblina con un abrigo viejo que no parece ser de ella.

| 18 mayo 2013 01:05 PM | Columnistas y Colaboradores | 2.5k Lecturas
Una muchacha fuma en el parque 2572

No sé por qué creo que su vida está tan desordenada como sus cabellos largos.

Está sola en el enorme parque miraflorino desde donde puede verse el mar y muchos edificios enormes y blancos.

Pasan por su lado gente en bicicleta, desde los autos la fastidian; pero ella está en lo suyo: fumando como loca en la banca de cemento en medio del parque como mirando a la profundidad de la nada.

No llora, pero, de cuando en cuando, abraza sus rodillas.

Un sereno se le acerca como para saber si todo anda bien y luego se retira con cara de pena.

La pelota de unos chiquillos llega cerca de la banca y uno de los jovencitos le pide desde lejos el favor de que patee la bola para no ir a recogerla y ella no hace caso.

Un vendedor de rosas por unidad le ofrece una flor de regalo y se va del lugar porque la muchacha le clava sus ojos negros y profundos en los ojos asustadizos del comerciante.

Pasan las horas, el frío se hace más intenso, las luces públicas se encienden y ella sigue ahí como si fuese parte del parque, como una estatua de una mujer que fuma.

De pronto, no tiene otro cigarrillo que encender y se desespera.

Busca en todos los bolsillos de su abrigo, de su pantalón y no encuentra nada.

Deja la banca y camina despacio como enferma por la vereda hasta llegar a una calle que da a la avenida y dobla la calle como para que no la siga viendo.


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