Una maxiserie

El doctor García dice que defiende al pueblo cuando, chavistamente, le ordena al Banco de Materiales no cobrar la deuda de 270,000 prestatarios morosos.

Por Diario La Primera | 11 marzo 2009 |  588 
588  

El doctor García dice que defiende al pueblo cuando, chavistamente, promulga la ley que legitima la apropiación ilícita de millones de hectáreas de terrenos privados y del Estado.

Y añade que oponerse a todo eso “es maldad”. Y grita con voz de trueno y quizá hasta con exceso de algunos químicos:

“El 90 por ciento de los peruanos sí me entiende”.

Este respetable señor, que es el Presidente del Perú, está pasando por una fase aguda de sus malestares.

Se cree, otra vez, el dueño del país, el Danton con marsellesa bamba, la reencarnación del califa Piérola.

Y está dispuesto a todo con tal de que las encuestas de alquiler y las portátiles que le organizan sus sirvientes le sigan haciendo creer que está en la cima de la popularidad y en el centro de la gloria.

“El país está con nosotros”, repite a gritos mientras obsequia lo ajeno, del mismo modo que antes dispuso de lo que no le correspondía y llegó a ser el inexplicable hombre de fortuna que es.

El doctor García llama pueblo a los traficantes de tierra que tienen carné de su partido y llama pueblo a los que no pagan sus deudas.

La verdad es que el pueblo de veras se merecería otro mentor.

Conozco a pobres que vienen de la escuela de la honestidad y del trabajo y que en ella se mantienen. Serán pobres pero tienen más dignidad que cualquier coquero de Eisha.

Y conozco a ex pobres que dejaron la pobreza trabajando de sol a sombra, pagando sus deudas, cumpliendo con el Estado, siendo serios y confiables.

El mensaje del doctor García desalienta la honradez y estimula la pillería. Es una gran convocatoria al dolo. Es la fiesta del criollismo entendido como pendejada. Es “Bailando por un sueño” pero con el doctor García haciendo de Gisela.

El sueño de las dictaduras subtropicales es que el pueblo mute a chusma y estire la mano para pedir condonaciones o para meterla en el bolsillo de otros.

Ese parece ser el sueño del doctor García.

Qué no daría porque el pueblo peruano fuera, en masa y al trote, perromuertero y ligero de normas, anómico y anémico, cuatrero e invasor, pedigüeño y agradecido.

Eso ya no sería un pueblo sino una coreografía de masas, una mancha de teloneros.

Y ese parece ser el horizonte ideal del doctor García.

En resumen, que los pobres no se merecen un abogado como el doctor García.

Los pobres quieren salarios justos, cultura del deber, un contrato social que los incluya como co-protagonistas y no como comparsa. Los pobres quieren recompensas sociales a la altura del esfuerzo.

Los pobres no quieren a García disfrazado de papá Noel.

Quieren más mercado interno para crecer, más impuestos a los mineros tóxicos para hacer más hospitales, menos corrupción en la venta de activos del Estado, más entereza para enfrentar la voracidad del vecino del sur. Quieren más economía soberana. Porque saben, además, que las dádivas los atan y comprometen.

¿Por qué el sueldo mínimo está congelado?

Porque García no puede meterse con la Confiep.

¿Por qué se incumplió con esa promesa electoral de ponerle impuestos a las sobreganancias mineras?

Porque García decidió burlarse de la gente común para servir a quienes les debía el triunfo, las finanzas y el extenso y por ahora innombrable patrimonio personal.

¿Por qué se permite la tercerización ilegal y los contratos basura en el plano laboral?

Porque García tiene un pacto de hierro con “el sistema”, entendiendo por “el sistema” lo que Fujimori impuso a la fuerza mientras se producía el saqueo del país.

¿Por qué el apuro en gastar ahora que no hay Contralor, cargo para el que se propuso, primero, a una mitómana y, después, a un funcionario virtualmente chileno y subalterno del ministro de Economía, a quien tendría que fiscalizar?

Porque, sencillamente, los tiempos de la demagogia y los arranchones en bóveda han regresado.

Y por todo eso es necesario que García aliente el parasitismo popular.

Para que los vítores de los incautos acallen las voces de la oposición.

Lo que no saben esos condonados y esos regalados es que son los extras de una vieja película.

Y en esa película, hoy repuesta por enésima vez, los regalados se quedan en los cerros robados, en las lejanías sustraídas, mientras que los condonados siguen esperando la reconstrucción de sus ciudades.

Más que película, es una maxiserie.

Referencia
Propia



    César Hildebrandt

    César Hildebrandt

    Opinión

    Columnista

    Loading...

    Deje un comentario