Una derecha irresponsable

Si bien tanto las elecciones de Venezuela como los anuncios de la compra de la refinería de La Pampilla son asuntos debatibles, como muchos temas actuales, lo que queda claro en estos días es, por un lado, el ideologismo extremo de la derecha y sus voceros y, por otro, su manifiesta irresponsabilidad.

| 28 abril 2013 12:04 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.2k Lecturas
Una derecha irresponsable

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Esta ofensiva, antes que proponernos un debate serio, se caracteriza por ser escandalosa y mediática. No busca debatir sino atarantar, meter miedo, y en esa coyuntura, como se dice, “ganarse alguito”. Una estrategia que juega al desgaste; peligrosa, más aún cuando lo que está en juego es el futuro del país. Por eso creo que esta derecha, además de autoritaria (otros la llaman bruta y “achorada”), es también irresponsable y oportunista.
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A diferencia de lo que hoy ocurre en otros países, como Chile o Colombia, donde las elecciones en el país llanero así como el comunicado de la Unasur sobre este hecho y la presencia de casi la totalidad de presidentes de Suramérica en la juramentación de Nicolás Maduro, han generado controversias, digamos mesuradas, en el nuestro las mismas han sido, sinceramente, exageradas y hasta escandalosas.

En ningún país de la región se ha cuestionado a sus respectivos cancilleres y mucho menos se les ha amenazado con censurarlos como hoy pretende hacerlo irresponsablemente un sector del Congreso. Tampoco en ninguno de ellos un dirigente político nacional ha convocado a una reunión internacional de “partidos hermanos”, como ha hecho Lourdes Flores, para enfrentar la “amenaza chavista”, repudiar las elecciones venezolanas y de paso promover la renuncia del canciller.

Estas mismas fuerzas no buscan entender el proceso venezolano, sino más bien descalificarlo. Los prejuicios y los insultos han reemplazado a un debate serio sobre lo que hoy ocurre no solo en Venezuela, sino también en otros países de la región. La idea, que se ha convertido a estas alturas en “sentido común” y en una suerte de insulto, de que estamos frente a gobiernos “populistas” y que todos ellos son “autoritarios”, se muestra insuficiente para comprender por qué hoy en América del Sur se vive un momento “populista”.

La pregunta que deberíamos hacernos es por qué el Perú no participa de este nuevo clima que vive el subcontinente. La verdad es que el griterío de la derecha peruana en estos días lo que esconde es su aislamiento político y su férrea oposición a un proceso, donde más allá de sus defectos y virtudes, se juega el futuro de nuestra región.

Ha quedado muy claro que la derecha en el Perú, además de ser el último bastión del neoliberalismo suramericano, es el principal aliado de los EE.UU. La crítica a la Unasur o su pecado, según ellos, de pretender reemplazar a la OEA y poner fin al viejo sistema interamericano, es la mejor demostración de lo que decimos.

No se quiere entender que la construcción de la Unasur, en realidad, no pretende sustituir a la OEA, organismo que hace años vive una profunda crisis, sino más bien convertir a los países de la subregión en un actor independiente de los EE.UU. y, por lo tanto, en un interlocutor válido en el sistema internacional.

Viejo anhelo, por cierto, que tuvo como una de sus más claras expresiones la creación del Acuerdo de Cartagena en 1969.

Sin embargo, más allá de este importante debate, lo que también está quedando claro es que la derecha, de ahora en adelante, aprovechará cualquier hecho para arrinconar al gobierno de Ollanta Humala e impedirle que ponga en marcha políticas que representen un mínimo desafío al continuismo neoliberal. La idea es mantenerlo a raya y golpear a un progresismo que insiste, por las inconsecuencias de este gobierno, en la necesidad de transformar este país.

El debate acalorado que ha generado el anuncio de que el Estado estaría interesado en la compra de La Pampilla y la cadena de grifos, es otro buen ejemplo. Palabras como “idiotez”, “mamarracho”, “dinosaurios”, “inconstitucionalidad” y frases con la misma tónica, han reemplazado a un debate serio y reflexivo.

Personalmente tengo reparos a la compra de la refinería La Pampilla. Aunque estoy a favor del fortalecimiento de Petroperú y de que el Estado pueda intervenir en la economía, considero que esta compra podría representar un mal negocio para el Estado y uno muy bueno para los intereses privados. Mi objeción, por lo tanto, no es a la compra en sí misma sino, más bien, a la falta de transparencia y porque dicha compra no está inserta en una estrategia mayor que tenga relación con nuestra soberanía energética, con la capacidad de explotación de este recurso y del Estado para regular dicho mercado y promover así el desarrollo del país.

Un último punto. Considero que esta nueva y frontal ofensiva de la derecha peruana esconde un hecho importante que no está vinculado con la marcha de la democracia en América Latina y sí, más bien, con el continuismo neoliberal y sus intereses de muy corto plazo. Mientras que el fujimorismo busca el indulto de Alberto Fujimori, el APRA pretende bloquear la investigación a Alan García, más aún ahora que están en juego los indultos a narcos y jefes de banda; casi todos los partidos, incluyendo a Perú Posible y al PPC, intentan, empleando recursos vedados, posicionarse mejor de cara a las futuras elecciones presidenciales de 2016.

Por eso esta ofensiva, antes que proponernos un debate serio, se caracteriza por ser escandalosa y mediática. No busca debatir sino atarantar, meter miedo, y en esa coyuntura, como se dice, “ganarse alguito”. Una estrategia que juega al desgaste; peligrosa, más aún cuando lo que está en juego es el futuro del país. Por eso creo que esta derecha, además de autoritaria (otros la llaman bruta y “achorada”), es también irresponsable y oportunista.

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Alberto Adrianzén M.

Disonancias

Parlamentario Andino