Un tigre que era otorongo

Cuatro niños menores de cinco años han muerto en estos últimos días en Huancavelica.

14 mayo 2008 12:05 AM | 1.6k Lecturas
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Han muerto de neumonía, que es el azote de las alturas y la especialidad cuchillera de las heladas.

En lo que va del año, sólo en ese departamento se han reportado 7,846 casos pediátricos de enfermedades respiratorias agudas.

Mientras nos enterábamos de esa noticia –pura cacofonía informativa en la agenda de nuestra “economía emergente”–, el ministro de Agricultura, el muy próspero banquero Ismael Benavides, tenía que reconocer, enfrentado a la prensa extranjera de visita gracias a la Cumbre, que en Huancavelica la pobreza actual llega al 88 por ciento de la población.

No sólo eso: encarado por las cifras, Benavides hubo de admitir una redundancia que parece plaga bíblica: que la pobreza ha aumentado en la miseria. Traducción toponímica: Ayacucho, Pasco y Huancavelica son ahora, si cabe, más pobres que hace tres años.

Y al sur del país, el que casi le da el triunfo a Ollanta Humala, Benavides le dedicó una generalización que sólo el cuarto mundo puede arropar: 70 por ciento de pobreza, 30 por ciento de desnutrición.

Ese es el rostro por lo general negado del Perú. Hay que reconocerle a Benavides el coraje que a otros les es negado. Habría que preguntarle, sin embargo, qué está haciendo él, como encargado del sector agrícola, para pelearle a la muerte la propiedad de tanto territorio y la desaparición precoz de tantos niños. Y la verdad es que es muy poco lo que Benavides puede hacer si se piensa que el doctor Alan García ya apostó por la agroexportación, desdeñando el concepto de la autosuficiencia alimentaria en un país que, mucho antes de los García o los Benavides o los Hildebrandt, pudo alimentar a su pueblo engriendo a la tierra, guardando sus frutos en las cadenas de frío de los nevados y sembrando en las laderas colgantes de la montañería. Y es que la derrota de los precolombinos fue también el acabóse de la agricultura como centro del hombre. Los forasteros ignoraban que el verdadero Potosí estaba en las semillas que ellos mandaron descuidar.

Ayer, primer día de la Cumbre sobreestimada, los peruanos nos hemos dado un baño helado de realismo. Antes de que Benavides nos hablara del avance de la pobreza en las sierras donde Sendero Luminoso ensayó sus primeras lecciones de marxismo mutante y maoísmo armado, el Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI) nos había lanzado a la cara otros números hostiles: el Producto Bruto Interno (PBI) del Perú sólo ha crecido 5,5 por ciento en el mes de marzo, el rango más bajo de los últimos dos años. Es cierto que el promedio de incremento del PBI en el primer trimestre del 2008 sigue siendo muy alto (9,27%), pero ningún experto pudo prever un bajón tan drástico como el de marzo.

Además, como para que siguiera lloviendo sobre la fogata, el INEI también dijo que la inflación, medida en los últimos doce meses de marzo del 2007 a marzo del 2008, ha trepado al 9,1 por ciento, cifra que ya empieza a preocupar a los más optimistas. Si a esto le agregamos el dato de que el sector agropecuario creció –también en marzo– sólo 0,42 por ciento, estaremos frente a una diversidad de síntomas que apuntan a que el piloto automático del modelo ultraliberal peruano ha dejado de funcionar, lo que debería imponer una navegación manual y unas correcciones de rumbo que nos eviten la tormenta.

¿Querrá García tomar los controles de este avión ensamblado en los viejos hangares del Consenso de Washington?

Lo más probable es que no. Converso como Constantino, inflexible como Sixto V, milagrero como San Bonifacio, García y su nueva iglesia viven todavía una luna de miel sin sobresaltos. García debe estar convencido de que una mano decisiva (y claro que invisible) lo sacará del apuro y lo devolverá al hit parade de las economías anabolizadas por la inversión extranjera y los tratados de libre comercio.

En todo caso, ayer por la mañana, entre las cifras de la pobreza ­acrecentada y las del crecimiento decrecidas, los peruanos supimos que es muy difícil ser indefinidamente el tigre sudamericano que crece a tramos chinos y que “The Economist” recomienda como vacaciones para inversionistas. Ayer, como si nos despertáramos de un sueño borgiano, volvimos a parecer el otorongo que nos es tan cercano.

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César Hildebrandt

Opinión

Columnista

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