Un Rey desnudo

Escuchar a Rafael Rey nos conduce a un dilema dramático: ¿es un bobo con ideas de fascista o es un fascista que habla como un bobo?

Por Diario La Primera | 04 set 2009 |    

¿Es un católico salido de las páginas de Maurras, un hijo de Le Pen, un sobrino de Plas Piñar, un remedo de Luis A. Flores, una reencarnación de Esparza Zañartu?

¿Qué es Rafael Rey, en suma? ¿Un fujimorista vitalicio al servicio del hombre que Fujimori persiguió por varias azoteas de Surco? ¿Un glóbulo blanco siempre atento a las infecciones del progresismo? ¿Un testa de Giampietri?

Es todas esas cosas pero es, sobre todo, un cruzado que ve Jerusalenes donde hay gente que no piensa como él y ve a Saladino cuando el que está hablándole es Yonhy Lescano nomás.

Como su obituario político se ha encargado de hacérnoslo saber, el señor Rey fue un sodálite emergente que daba la vida por Mario Vargas Llosa y por las libertades del neoliberalismo.

Cuando Vargas Llosa perdió y Fujimori fue como la neblina de Lima –cubriéndolo todo y haciendo más espectrales a los peruanos- a Rafael Rey se le presentó una de esas disyuntivas fuertes que deciden la vida: o seguía siendo él mismo y tendría que pasar su desierto y su ostracismo, o se volvía un transformer y pasaba de Volkswagen libertario a Tico fujimorista (con olor a sobaco incluido).

Todos sabemos lo que pasó con este amarillo patito. No sólo fue Tico sino que a ratos mutó a moto de farmacia, a tractor chino, a bulldozer de plástico. Todo con tal de defender al chino mandarín que lo tuvo entre sus juguetes preferidos.

Ahora, en su enésima transformación, es ministro de Defensa del gobierno de García, del mismo García a quien Rey acusó, con su firma de congresista en un dictamen oficial, de ladrón.

Y ayer este señorito se presentó al Congreso donde Mulder hace de girondino y el Apra arrasa. Y habló un montón de minutos sin referirse al tema para el que había sido convocado. Yo me tomé el trabajo de escucharlo y de hacer apuntes. Y lo que escuché me dejó estupefacto. Se resume en las siguientes parrafadas:

a) “Nos matan militares en el Vrae porque los militares están en el Vrae. ¿Quieren que nos retiremos”?;

b) “No seamos derrotistas, no estamos perdiendo esta guerra, aunque debo admitir que, tras el rescate de los heridos que hasta ahora no hemos podido rescatar, tenemos que replantear algunas estrategias”;

c) “¿Por qué nos recuerdan las estadísticas de las muertes? ¿Qué objeto tiene? ¿Y por qué cuando nos matan a algún efectivo los titulares de los medios no levantan la noticia diciendo “Otro atentado terrorista se ha consumado en contra de la sociedad?”;

d) “Las Fuerzas Armadas son la sociedad, el brazo armado legal de todos nosotros. ¿Qué justifica que las ONG que dicen defender los derechos humanos sigan persiguiendo a los militares?”

Y así por el estilo.

Lo que debería hacer Rey después de tan patética exhibición es ir donde Cipriani y confesarse.

Porque ayer ha querido, para agravio de las Fuerzas Armadas, mezclar a asesinos con héroes, a canallas con defensores del país, a Putis con el honor legendario del ejército de Bolognesi. Y todo para no tener que explicar su carácter de usurpador.

Sí, porque haber nombrado a Rey como ministro de Defensa no es un error: es un crimen. Su “patriotismo” histérico, su “militarismo” fanático, su desapego a la ley, lo llevarán, al margen de las intenciones que pueda tener, a cometer error tras error.

El problema es que esos errores ya no son los del Ministerio de la Producción. Esos errores cuestan vidas.

Referencia
Un Rey desnudo

    César Hildebrandt

    César Hildebrandt

    Opinión

    Columnista