Un mañana rojo

La mañana del martes nos despedimos de Javier en una cadena de actos que fueron acompañados por miles de ciudadanos. Fueron momentos en los que sentí que compartíamos un intenso sentimiento rojo y que no teníamos temor de mostrarnos como lo que éramos: socialismo, izquierda, pueblo.

| 08 mayo 2013 12:05 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.1k Lecturas
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Rojos porque nuestros corazones estaban abiertos por el dolor y el amor profundo por el compañero que se había ido. Y lo que brota de los corazones es absolutamente rojo y es la esencia de la vida. Javier amaba la vida y por eso no quería morir. Y nosotros amábamos a Javier y no queríamos que se fuera.

Perdimos la batalla y por eso también estábamos rojos, como decía Hildebrandt, de pura ira, la que produce saber que se van los buenos, los limpios, los necesarios y se quedan los falsos, los mediocres y los bandidos.

La ira de ver desde afuera ese congreso donde la “ética”, Sr. Lay, consiste en sancionar a Diez Canseco con argumentos copiados a Aldo M, y exculpar a Kenji por estar ligado a una empresa de transporte de cocaína y al robagua que sigue reinando en el norte chico.

Estábamos rojos porque esa ha sido la bandera universal de la justicia, desde Espartaco hasta la revolución francesa, la comuna de París y la revolución de octubre, y todos los grandes acontecimientos de la historia de la humanidad.

Esa fue siempre la bandera de Javier. Y por eso, en su nombre, cantamos ayer a toda voz el Himno de La Internacional, que es el de la unidad de los trabajadores más allá de las fronteras.

Estando en la fase final de su enfermedad, Javier siguió escribiendo y escogiendo temas que eran como instrucciones para lo que se viene, y el que más lo inquietó fue el de los derechos de los trabajadores, especialmente los de los llamados “regímenes especiales”.

Javier no le daba vueltas: no hay sociedad del crecimiento y la inclusión, sin derechos laborales y organización sindical fuerte y representativa. Es decir estaba recordándonos las fuentes del pensamiento socialista al que siempre estuvo inscrito.

Javier es consecuencia y no vacilación, gritaba la gente en el centro de Lima. Y saltaba a la vista que estaban contrastando al hombre valiente que no se arredraba por una campaña de prensa en su contra y no callaba sus opiniones cuando estaba ante los entreguistas, los corruptos y los asesinos del pueblo. Por eso él nunca colgó el polo rojo por el polo blanco.

Javier nos ha hecho sentir orgullosos porque fue un hombre excepcional y lo tuvimos muy cerca. Estaba entre nosotros. Ahora nos toca la enorme responsabilidad de confirmar que esa enorme vida no fue en vano. Que con su ejemplo los corazones rojos venceremos. Y el mañana será rojo.


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Raúl Wiener

POLITIKA

Analista