Un fenómeno estudiado

Todas nuestras ciudades, grandes, medianas y pequeñas, presentan un cinturón barrial que en promedio representa el 50% del área ocupada. Allí habitan los migrantes inicialmente pobres y también los expulsados económicamente de los centros urbanos consolidados; es decir, los sectores D y E.

| 24 julio 2011 12:07 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.3k Lecturas
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Para ellos todo es más problemático: educación, salud, agua, seguridad, movilidad. La única meta alcanzada, aunque no por todos, es la propiedad de su vivienda. Desde que José Matos Mar analizara esta explosión barrial allá por los años 60 y señalara que la informalidad era el modo de urbanización predominante en el Perú, se han producido avances importantes en la interpretación y diagnóstico de este problema. Se puede afirmar, que si bien ha sido una solución pragmática a las demandas de vivienda de los sectores populares, arrastra serios problemas de habitabilidad y sostenibilidad urbana.

El “big bang” inicial de los 50 creó áreas con potencialidad para evolucionar favorablemente. Es el caso del llamado “Cono Norte” de Lima, que no sólo se ha consolidado como ciudad, sino que ahora es soporte importante de la economía urbana de Lima. La explicación es que el proceso inicial de formación barrial invadió terrenos planos, inmediatos al casco urbano formal; es el caso, por ejemplo, de gran parte del distrito de San Martin de Porres.

La explosión barrial continúa. Esta semana, sólo en Lima, decenas de familias deben haber levantado con palos, esteras y plásticos sus chozas para reclamar un lugar en el universo de la capital pero, como ya se agotaron los terrenos planos, han tenido que trepar a los cerros a cotas por encima de los 400 metros, para plantar su sueño de vivienda propia allí donde el invierno es una nube estacionaria, el verano un desierto y la factibilidad de servicios un imposible por los costos que demanda.

Más que de ciudad, en el fondo, estamos hablando de personas y la persona ha sido la ausente en las políticas públicas referentes a la urbanización nacional; es decir, a lo que Fernando Belaúnde llamaba “El Problema Nacional de la Vivienda”. La vivienda es uno de los derechos humanos fundamentales, no importa para el caso que sea propia, alquilada o en uso temporal, pero debe ser VIVIENDA con mayúsculas, que cumpla con un mínimo de condiciones de habitabilidad.

Opino que el patrón informal de urbanización ya cumplió su ciclo desde cualquier perspectiva que se analice, es negativo e inmoral que subsista, especialmente para las familias que hoy, por las desigualdades existentes, se ven obligadas a vivir - morir- en los cerros.

La solución es compleja, pero éticamente impostergable. Se trata de formular un Plan Nacional de Vivienda cuyo objetivo básico sea proveerla a los sectores populares, partiendo de una base no negociable: la prohibición absoluta de invasiones y la reserva de terrenos urbanizables para los sectores populares. En estos terrenos, bajo el control del Estado y financiadas por éste, deberán ejecutarse obras, desde lotes con servicios hasta viviendas terminadas para ofertarlas en condiciones de subsidio y a largo plazo a los sin techo. Eso sí con mecanismos rigurosos de focalización.


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Javier Sota Nadal

Opinión

Arquitecto