Un apestoso asunto

Como el ducto que arroja la mierda de Lima al mar de mierda que vamos espesando colapsó en San Miguel (luego de poner en peligro los taludes cercanos a la Costanera), los expertos en la materia (literal) trataron de que Ventanilla recibiese el encargo. Y como el alcalde de Ventanilla armó un escándalo y amenazó con contratar a los colinas de los Barracones para impedirlo, los doctos en ductos le han enchufado la descarga al distrito de La Perla.

| 14 abril 2008 12:04 AM | Columnistas y Colaboradores | 627 Lecturas
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Entonces va a La Perla el ministro de Vivienda -¡cómo se robaba en los tiempos del Instituto de Comercio Exterior!- y dice dos puntos:

“Los vecinos de La Perla pueden estar tranquilos. Nada de esto afectará su salud”.

Pero antes de esa declaración que lleva implícita la

idea de la inocuidad y de la benevolencia aséptica de la mierda, los vecinos de La Perla han recibido a los empadronadores del gobierno regional del Callao, quienes les han ofrecido dinero como indemnización por aceptar que el interceptor norte sea un vecino más de sus acantilados.

Los vecinos reflexionan: “Si nada nos va a pasar, ¿por qué nos quieren indemnizar”?

Y claro que les va a pasar. Toneladas de heces náufragas desembocarán en las orillas de La Perla, creando un sedimento de inmundicia que el tiempo engrosará y elevará hasta ser como un subacuático macizo cordillerano de mierda, la cordillera negra de la mierda debajo del colegio militar Leoncio Prado, una muchedumbre de excrecencias surtidas que amansarán la mar brava, teñirán los roqueríos y se elevarán en forma de vapores hasta las narices de los vecinos. Y es que una cosa es que ese cargamento desembocara a más de cien metros de la orilla, como sucedía en San Miguel, y otra mucho peor es que lo que Lima entrega a sus retretes se mezcle con la espuma de las mareas altas.

Así que Cornejo -¡cómo se robaba en tiempos del ICE!- quiere imponerle a La Perla la obligación de ser -ya que no la Costa Verde- la Costa Amarillenta de nuestro litoral urbano. Y tiene la desfachatez este sujeto de decirle a la vecindad que “los técnicos han encontrado la solución”. Sí, son los mismos técnicos sedapalinos que siguen pensando que el mar es vertedero y que Lima debe seguir defecando en mancha en sus oleajes.

Seguro que Cornejo -¡cómo se robaba…etcétera!- no vive en La Perla. Seguro que no tiene a ningún pariente cercano que viva en La Perla. Seguro que esa Venecia de aguas mayores que piensa instalar en La Perla jamás se le ocurri-ría ponerla en las inmediaciones del Regatas, el nuevo club del señor Presidente.

“Se está desarrollando el concurso para la construcción de la planta de tratamiento de Taboada”, ha dicho el ministro de Vivienda tratando de hacerles creer a los modestos pobladores de La Perla que su enmierdamiento inminente y marinero será cuestión de semanas nomás.

¿Desarrollando? ¿El concurso? ¿La planta de tratamiento? Hace décadas que Sedapal, esa entidad que le da razón a los privatistas, habla de lo mismo. Y aquí, con tanto Cornejo, lo provisorio siempre aspira a la posteridad.

¿No hay acaso una tierra de nadie, un segmento de playa lejano de cualquier población donde “imponer” esta “solución de emergencia”? Claro que hay. Lo que no hay es planificación ni responsabilidad.

Yo propongo que si el cloacal señor Cornejo quiere que La Perla acepte los desperdicios ciudadanos, se vaya a vivir allÑ

Roland Barthes nos recordó alguna vez que la única mierda que no huele es la escrita. Pues la que propone el señor Cornejo para La Perla no tiene nada de prosaica. Es el mismo abono humano que el higienista francés H. Du Roselle calculó, en 1867, en unos 750 gramos per cápita cada día, es decir 275 kilos anuales por individuo, o sea mil y quinientos kilos anuales para una familia de cinco miembros. ¡Y cómo se robaba en los tiempos del ICE!

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Posdata: El viernes pasado, sin que yo lo pidiera o lo insinuara por supuesto -no ando pregonando virtudes imaginarias cada tanto-, los pobladores del cerro El Pino, en La Victoria, bautizaron una de sus muy desheredadas calles con mi nombre. Sentí que ya me había muerto cuando me enteré. Y sentí que me reencontraba con la vida en su versión más dura subiendo esos escalones y llegando hasta la cinta que me dieron para cortar. El alcalde de La Victoria, el arquitecto Alberto Sánchez Aizcorbe, me acompañó. Desde luego que ignoro por qué una asamblea decidió que mi nombre, peligrosamente pendiente de lo que me queda por vivir, debía de estar en una de sus calles. Si cuento esto es sólo para agradecerles a esos valientes pobres que me han homenajeado sin razón alguna y al alcalde Sánchez Aizcorbe que está empeñado en hacer de La Victoria un distrito mejor.


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César Hildebrandt

Opinión

Columnista