Un alcalde sin nombre

El alcalde de Surquillo no tenía nombre.

Uno de sus consejeros, que era patán de día y bruto de narices de noche, le dijo entonces:

| 07 febrero 2009 12:02 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.8k Lecturas
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-Señor N.: ¿quiziera usté nombre?

-¿Y qué crees, idiota? ¿Crees que me gusta llamarme N de nombre y N de apellido, o sea N.N.?

-Yo zé la eztratejia –dijo el consejero-.

-¿Y cuál es? –preguntó el alcalde sin nombre.

-Fázil, papallita, chancai de a beinte –dijo el consejero-. Atrévace a desir algo que inpakte en la Prenza, en la Radio, y hazta en la Telebición.

-¿Cómo qué? –preguntó el alcalde de Surquillo, que ni DNI tenía por carecer de nombre.

-Por jemplo, que laz drogaz laz bendan en las voticas y en las farmasias –dijo el consejero mientras se sacaba una de las dos zapatillas que acababa de robarle a un pandillero rival.

-¿Y así saldré en Errepepé, en la tevé y hasta en El Comercio? ¿Y tendré nombre?

-Saldráz más que Angie Jibaja y hazta podráz yamarte como quieraz. Zi quierez, Gustabo Cierra, que es un vonito nonvre.

Entonces el alcalde que no tenía nombre salió a decir que había que hacer un Padrón Nacional de Adictos, que la droga se las vendiesen a los consumidores (subsidiadas) en las farmacias y boticas, y que el consumo constase en una cartilla fechada “para así ir disminuyéndoles las dosis, hasta que se sanen”.

Y esta tartaleta hecha por un repostero idiota salido de la cocina de Acurio tuvo un gran éxito y se llenó de moscas de la prensa. Y las moscas la convirtieron en celebridad, le dieron titulares, debates, blogs, respuesta de Devida y hasta nombre. Y es que, en efecto, Gustavo Sierra se llamaba el alcalde sin nombre.

Hasta el presidente del Consejo de Ministros –esa entidad donde penan- metió su cuchara. Hasta el llamado psicólogo social Baldomero Cáceres pareció sumarse a la propuesta del flamante Sierra, Gustavo.

Según el portal del diario “La República”, Baldomero Cáceres llegó a decir que “la marihuana no era una droga sino una medicina”. Como si las medicinas no fuesen drogas –empezando por la morfina- y como si al doctor Cáceres se le hubiesen subido los humos de algún troncho caleño.

La verdad es que lo mismo que se le ocurrió al reciente señor Sierra se le ha ocurrido hace ya tiempo a algunas de las autoridades del Estado mexicano de Chihuahua, allí donde las mujeres desaparecen, los traficantes mandan, los tabiques nasales se hacen a la medida y de platino, y las películas de “El Mariachi” se filman en tiempo real con balas auténticas y muertos veraces, mesmamente.

El diputado chihuahense Víctor Quintana, por ejemplo, ha propuesto un debate sobre el asunto de despenalizar el consumo de estupefacientes. Y lo mismo piensa Víctor Valencia, representante en Ciudad Juárez del gobernador José Reyes Baeza. Esto en medio de una matanza generalizada surgida, precisamente, del consumo de drogas.

Más todavía: el abogado chihuahense Jesús Camarillo acaba de proponer despenalizar la producción, el tráfico y el consumo de las drogas que México exporta ahora de modo irregular. Nadie puede negar que una medida de ese tipo reequilibraría, con creces, la balanza comercial mexicano-estadounidense.

Pero nadie negará tampoco que la propuesta de Camarillo apunta a que los capos de Sinaloa empiecen a vestirse de blanco-enfermero y a que la competencia entre farmacias pase de la publicidad a las pistolas. O a que la corrupción contamine rápidamente este “expendio altruista” de estupefacientes.

En fin, imaginemos por un instante el mundo que el nuevecito señor Sierra nos propone y planteemos algunas interrogantes.

-¿Se inscribirían en el Padrón Nacional de Adictos los diputados que jalan, los empresarios que esnifan, los periodistas que desaparecen rayas, las altísimas autoridades que se coquean? ¿Harían lo mismo las decenas de miles de jóvenes consumidores de Eisha y las universidades caras? ¿Saldrían del clóset los miles de hipócritas que se llenan de coca la nariz y se llenan la boca de condenas?

-Si la tolerancia es un efecto científicamente comprobado, y éste se traduce en la necesidad de consumir cada día mayores dosis, ¿cómo es que se espera que el adicto vaya bajando, voluntariamente, su consumo? ¿Y quiénes vigilarían ese consumo decreciente?

-¿Sería el Estado (CocaPerú) el productor de las drogas o es que esa producción se tercerizaría? ¿O sería una alianza estratégica de la Compañía Nacional del Vrae y alguna industria farmacéutica nacional (o chilena)?

-Si la pasta básica es la droga de mayor consumo en el Perú y se sabe que su adicción es compulsiva y devoradora, ¿con qué criterio se distribuirán las dosis? ¿Cincuenta por cabeza? ¿Diez por cabeza para los recién iniciados? ¿Tres para la noche? ¿No corremos el riesgo de motines y asesinatos masivos de expendedores un día de desabastecimiento? ¿No se crearía un mercado negro y asesino tan peligroso como el que se quiere erradicar?

-Si los daños neurológicos y cerebrales del consumo de pasta y cocaína están más que probados, ¿será cuestión de convertir en política oficial de salud la creación artificial de habilidades diferentes? ¿El Estado contribuirá al descerebramiento de sus súbditos?

-Si se ha probado que la marihuana es la puerta habitual de ingreso a consumos mayores, ¿se podrá pasar del Padrón de Marihuaneros al Padrón de Coqueros? ¿Se permitirá la inscripción simultánea en ambos padrones? ¿Se podrá pasar del Padrón de Coqueros al Padrón de Heroinómanos? ¿Habrá Padrón de Quetaminómanos? ¿Y el de los consumidores de Éxtasis, incluirá el agüita respectiva?

Y así podríamos seguir haciendo preguntas de aguafiestas.

Lo único cierto es que hasta esta columna, que se cree desdeñosa, se ha tenido que ocupar del ya existente (y hasta renombrado) señor Gustavo Sierra. Parafraseando a un cantautor catalán, diremos que en el Perú si los imbéciles volaran taparían el sol.

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César Hildebrandt

Opinión

Columnista