Última defensa del criollismo

Yuri Juárez Yllescas está tocando su guitarra criolla en un pub de Varanasí, allá, a la vera del río Ganges en la India. Serio, porta una túnica exótica pero no suelta aquella guitarra que la bautizara el maestro Rufino Ortiz en Nueva York y con sabiduría, chapa acorde como lo hacía el maestro Carlos Hayre y acompaña el terciopelo sonoro de la cantante argentina Sofía Tosello. Juárez se inició como guitarrista de peña en el sentir de los barrios limeños. Luego las grabaciones, después los viajes, el jazz afroperuano en EE.UU. Y hoy su disco “Tangolandó”. Una propuesta de fusión entre el registro peruano y el argentino. Juárez es embajador de la música criolla peruana y ahora vive en Nueva York como una estrella de la música latina.

| 28 octubre 2012 12:10 AM | Columnistas y Colaboradores | 2.2k Lecturas
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Juárez defiende el acervo criollo como Tania Libertad o don Oscar Avilés. Cada gallo en su corral. Y música criolla es el anclaje y gran parte de nuestra identidad de ser peruanos. La música criolla no ha muerto. Sucede que no está de moda como los “wachiturros”. Ese es el problema de ellos. El género es verdad, enarbola el amor tanático. El perverso dolor del verso. Ardor y rencor. Y la ironía del “que sufra mucho pero que nunca muera”. Sadismo y gozo. Decía Hugo Neira que es tal la envergadura de los tópicos de letras y (letrinas, digo yo) música que va al encuentro de la poca importancia que se le ha otorgado en el Perú al análisis histórico y social de su música, la cocina o la santería popular que no nos parecieron sujetos de inteligibilidad. Y no la falta razón. A nuestra “identidad sentimental” (Sebastián Salazar Bondy) le falta fuelle y le sobra criollismo.

¿Criollismo de criollos? Sí, desviación de la autenticidad del sentimiento mestizo en el Perú. De otra manera, se le dice pendejada. De eso no tiene nada que ver la música criolla. Que es música popular, ahora clásica. Lo marginal transfigurado en imaginarios paulatinos de yuxtaposición de una autenticidad sensible a formar un canon de hegemonías políticas. Pasaron quinientos años de mestizaje para que ese acervo nacional tenga hoy rango oficial: vals peruano. Que así se le dice.

Y de eso se trata. De valses y otras infusiones. Como ocurre con la música afro peruana. Las investigaciones de Octavio Santa Cruz respecto al devenir de estos géneros muestran su queja a ciertos “ensayos y comentarios de informantes y artistas que muchas veces suplen con juicios de valor su poco rigor académico”.

Pero igual, confirman que sí se ha investigado nuestra música como lo demuestran los trabajos de Carlos Vega en Argentina, Fernando Romero, José Durand, entre otros.

Es música de los ciudadanos de a pie. De aquellos que viene desde el costumbrismo y la protesta social. Ahí aparecieron las guitarras, órganos, clavelines, salterios, vihuelas, arpas y pianos. Todo en fusión y sin cajón. Pero el vals, tal como hoy se lo conoce es producto de la melancolía posguerra con Chile. Pero pierde ironía o solera para ser patriótico y sentimental.

El Huáscar, Grau, Bolognesi tienen cantores. Aparece “la Guardia vieja” que trasunta la impronta de Felipe Pinglo Alva y culmina con la irrupción de la radio, los melodramas y “la cholifiación”. Así llegaría Manuel Acosta Ojeda y su abstruso y sacrílego vals: “Cariño, allí soy el dueño/ es la única parte en que no manda Dios/ ¡ay!, cariño, allí no hay tristezas/ ni miedo ni envidias/ ese lugar soy yo”.

La Música Criolla no es la fiesta de Halloween celebradas la misma noche. Así, hay que diferenciar la efemérides de la institución de la cursilería y el virus de la melancolía de lo huachafo. Lo criollo en la jarana popular de la cultura multigeneracional para fregarles la vida a aquellos que buscan el vórtice plástico de la identidad nacional. Guerra del tiempo con botella en la mano. Y al día siguiente, fiesta de los muertos.

Jorge Basadre, aquel oráculo del pasado, jamás imaginó verse inmerso en la pugna del aquelarre del Halloween-música criolla a lo Chola Chabuca. Tampoco don Walter Pease, primer autor de un valse nacional («Recuerdos de Lima») y a quien cita el historiador con menos pelos que señales en su Historia de la República del Perú.

Ambos cómplices, los dos fijos en un hito del pretérito, gemelos desde hace un siglo, el uno por autor musical, el otro por factor historial. Entonces, cien años no son nada si hablemos, antes que cantemos, del valse, no vienés sino peruano --nuestro himno criollo poco o nada nacional, con lo más auténtico de la inautenticidad-- que se hizo carne de cañón y de cajón desde aquel «Recuerdos de Lima» del tal Walter Pease, cuando la capital era «La ciudad jardín», con su fiesta de Amancaes y no la Lima con sus muertos ilustres y sus jardines de la Paz.

Sin el maestro Felipe Pinglo Alva, uno diría que el ser criollo en estos andurriales es poseer voz aguardientosa, vestirse de compadrito --traje lustroso más por el brillo del uso sistemático, por el río que se llevó el sarao de la juventud--, y acordarse de Hermelinda o Lucy Smith frente al espejo de su vida.

Uno diría que es criollazo cuando decapita una botella de ron, enciende la radiola --ahora la caja negra-- y frente a la voz de los hermanos Govea, transportase a la quinta de los quintos infiernos para soñar con la comadre Petronila, aquella que prestó los muebles en esa serenata un día antes que llegara el general Odría a joderle la vida al Doctor Bustamante y Rivero.

Uno diría que vivir el criollo revivir es aguantarse (y/o asimilarse) a tanto serrano neo-punk-chichero a la vera de su puerta de calle de barrio bajopontino y requintar cantando bajito: «Señor por qué los seres no son de igual valor». Uno diría que no diría lo que ahora les voy a decir.

El valse, la piedra --la pieza sería mejor-- angular de la cultura de lo criollo. Criollo popular costeño. Costeño no mestizo. Mestizo no transcultural. Es decir, el valse es aquella identidad sin identikit, memorable inmemorial, imposible en detener los años, resignada y protestosa, nunca antes como ahora apretada contra el muro del viejo jardín. ¡Y va!

Pero de ese entrechocar de emociones populares casi populista, está aserrinado el cemento de la historia de los tiempos buenos. Ya a principios de la centuria, la influencia de la zarzuela española --la española cuando besa es que besa de verdad--, las operetas y ciertos valses vieneses de Viena, convirtieron el gusto y gasto público en verdadera refriega.

Existía, pues, la preferencia por la música seria -que no es lo opuesto a la música chistosa- y la predilección por las naturales expresiones populares. Entonces surge antes que la institución de los verdaderos partidos políticos, la institución del valse criollo peruano, y peruano costeño y costeño mestizo y ahí, ahí no más nos jodimos.

Cientos de autores, cantantes, músicos y ayayeros han discurrido por los surcos de esta historia. El callejón del buque --de Valentina y el «Manchao Arteaga-- el callejón del sable, la Quinta Baselli, si pudieran hablar o cantar, nos devolverían alguna vez aquella fe perdida, ese innegable gusto por lo irrebatible popular costeño, aunque limeño.

Es verdad, se fueron muchísimas generaciones y como en el fútbol peruano, nadie saltó a remplazarlas o como en aquel último amor, ninguna mujer pudo restañar las pudorosas heridas que dejó el loco ardor.

El «Chino» Ernesto Soto ponía sus ojos rojísimos por el llanto cuando le hablaban de peñas y otras mariconadas. Tenía toda la razón. El, que fue alumno de Pinglo y contemporáneo de la generación de los Ascuez y los Huambachano, sabía bien porque sufren y berrinchean sujetos como Polo Campos -el que llora sin guitarra- cuando observan que el valse ya no es negocio, que jamás volverá a disfrutar del éxito masivo, porque su gente hoy prefiere la música de «Café Tacuba» empiernados con Servando y Florentino y porque la replana de Cavagnaro es un afiche rotoso donde antes se ubicaba el paradero de los colepatos para La Parada (ahora en llamas). Entonces, la música criolla existe. Y hoy extraño mucho más a mi tía Lucha Reyes. ¡Salud!


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