Tristeza por Chavela

Feliz como un jilguero, la guitarrista va por la calle con sus cabellos crespos y alborotados y con la mano haciendo maravillas con el instrumento de sus amores. El sonido apaga la bulla a su paso y los chicos la miran con picardía porque la música gana al ruido y su belleza atrae a los muchachos.

| 06 agosto 2012 12:08 AM | Columnistas y Colaboradores |861 Lecturas
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Tiene el cuerpo de guitarra y la guitarra el cuerpo de la muchacha. Canta por la calle callando hasta a la policía de tránsito, que nunca se cansa. Los niños y las niñas del nido del barrio la aplauden dando saltitos desde las rejas del patio; y esta calle empieza a volverse una fiesta que despierta a todo el mundo incluso a la señorita del segundo piso que duerme hasta las once de la mañana pero que ahora se ha despertado muy temprano para aplaudir a la muchacha guitarrista.

La joven adorna la avenida como un farol que camina. Ilumina sus pasos y mejora la vereda fría de invierno y tristeza. Está feliz y por eso canta; por eso toca la guitarra. Es que ha soñado que un amor imposible se hacía realidad en sus labios, ha soñado con la dulzura de la vida. Cuando se levantó de la cama lo primero que hizo fue asir su guitarra. La limpió con un trapito y luego salió con ella a la calle a pasear cantando con ella. Hacer música para ella es decir que las cosas marchan bien. Canta una canción desconocida para todos, menos para ella, porque le sale desde el fondo de su felicidad. Desde la combi alguien lanza un silbido que malogra la canción; pero el cobrador cierra la ventana. De pronto le gana la tristeza porque una niña se le acerca y le dice: “Murió Chavela Vargas”. Deja su guitarra. “Iluminaste el mundo 93 años de tu vida y ahora empiezas el camino de la inmortalidad”, dice y calla. Se sienta en una banquita de madera y se abraza a su guitarra. La gente que la seguía se esparce y la deja sola. Sigue sentada abrazada de su guitarra. “Ni la muerte podrá con usted, señora”, piensa.

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