Transparencia, la nueva ética

El nueve de agosto, según información del periodista argentino Alejandro Rebossio, Cristina Fernández de Kirchner, Presidenta de ese país, denunció que la petrolera YPF, cuando estaba en manos de la empresa española REPSOL, pagaba a periodistas 11 millones de pesos (casi dos millones y medio de dólares) por año. Explicó que tras nacionalizar la petrolera argentina, la nueva gestión descubrió que esta compañía abonaba ese dinero como “publicidad no convencional”.

| 19 agosto 2012 12:08 AM | Columnistas y Colaboradores | 2.1k Lecturas
Transparencia, la nueva ética
PERIODISMO
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“¿Vieron que tenemos el shale gas, que es no convencional? Bueno, también hay la publicidad no convencional, es decir anuncios que no se publican”, comentó la Presidenta en un acto público, para luego añadir “¿Cuál es la publicidad no convencional? Obviamente no es la que ustedes ven por la televisión, son facturas que se pagan como publicidad, pero la publicidad no aparece”. Según Rebossio, estos pagos ocultos a periodistas no eran exclusividad de REPSOL, sino también de otras empresas y hasta de organismos públicos.

Y si bien Marcelo Bonelli, uno de los principales periodistas del opositor grupo mediático Clarín, denunciado directamente por la presidenta Fernández, ha rechazado estas acusaciones, culpando al gobierno de buscar regimentar a la prensa (Bonelli es acusado de recibir de REPSOL, a través de su esposa y de un socio, un millón de pesos –un poco más de 200 mil dólares- anuales desde 2008 hasta 2012), lo más importante de este escándalo es la propuesta de la mandataria argentina de promulgar una “ley de ética pública” para los periodistas, similar a la que rige hoy para los altos funcionarios. La propuesta de la presidenta es que los periodistas digan “si reciben dinero de alguna empresa o si tienen alguna inclinación política”.

THE WASHINGTON POST
Esta propuesta, que para algunos puede sonar a discurso autoritario, es democrática. El periodista Santiago O`Donnell, que trabajó tres años en el Washington Post, cuenta en un artículo (Weigelgate: Página 12, 18/07/10) esta suerte de obsesión de ese diario norteamericano por mantener una aparente imparcialidad:

“Es tradición en el diario que el director ejecutivo no vote en las elecciones presidenciales. Los periodistas teníamos prohibido asistir a cualquier evento financiado por un partido político, a menos que fuésemos a cubrirlo… Cada fin de año una gigantesca pila se armaba en el medio de la redacción con los regalos que le llegaban a los periodistas. Nadie se quedaba con nada, salvo el orgullo de llamar a las fuentes y empresas para avisarles que el obsequio sería donado a una obra de caridad y pedirles amablemente que no mandaran más.”

Y si bien, como afirma el propio O`Donnell, “la idea de un periodismo sin opinión, o de un medio sin ideología, sin intereses por defender, resulta hoy insostenible” ya que como señala Ari Mebler, periodista de la revista The Nation, “No es cierto que los grandes medios prohíban las opiniones, lo que prohíben son las opiniones que los incomodan… la idea de parcialidad solo entra en juego cuando se ataca al poder”, lo interesante de este debate es que es mejor optar, dado que es prácticamente imposible la imparcialidad, por la TRANSPARENCIA en el ejercicio periodístico.

PROPUESTA
En nuestro país sería ideal, luego de un debate público sobre éste y otros temas, que sean los propios medios, como una forma de autorregulación, o que desde el Congreso, si los medios se niegan, se apruebe un nuevo código de ética periodística que tenga como elemento central la transparencia ya que la imparcialidad, además de ser impracticable, podría afectar el derecho de opinión de los propios periodistas.

En este contexto, la reforma o la adopción de este nuevo código de ética que proponemos tendría como punto central que los periodistas de radio, prensa y televisión (incluidos columnistas y directores), manifiesten, cada vez que publiquen un artículo de opinión o informativo, “si reciben dinero de alguna empresa o si tienen alguna inclinación política”.

Por ejemplo, si un periodista o columnista asesora a una empresa o a varias empresas o a gremios empresariales o si es consultor o asesor de prensa o de imagen de empresas o del gobierno, o si es miembro de un partido político, ello debe ser conocido por el lector. Eso sería lo más honesto. Bastaría con una nota final donde se consigne si el periodista o columnista labora, además, en el sector privado o público o si es propietario de una empresa de asesoría de prensa o imagen.

También sería positivo que se siga el ejemplo del Washington Post, es decir, que esté prohibido que los periodistas (incluyo a los columnistas) reciban regalos o pasajes gratis de empresas privadas, públicas, de países extranjeros y del gobierno. Así evitamos lo que se llama en el medio periodístico la famosa “mermelada”.

LA FAMILIA, LOS DUEÑOS
Queda un último punto. El caso del periodista Bonelli, comentado líneas arriba, comprueba que la transparencia, en algunos casos, debería involucrar a parientes cercanos. Por ejemplo, la esposa o esposo o un socio de un o una periodista, columnista o director de un diario, podría trabajar para una empresa que presta asesoría de prensa o de imagen a empresas privadas o al gobierno. Eso también se debería saber.

Si los medios de comunicación le exigen transparencia al Estado (o al gobierno) no encuentro ninguna razón para que esa misma transparencia no se aplique a los medios. Ello implica también transparentar las relaciones entre el medio (y sus propietarios) y los anunciantes, sean estatales o privados.

Los medios de comunicación también pueden ser comprados como sucedió en el fujimorismo. Si queremos apostar por ser transparentes todos debemos serlo. De lo contrario, estamos en un mundo orwelliano donde unos (los medios) son más iguales o tienen privilegios que otros no tienen.

Finalmente, no hay que tenerle miedo a una prensa parcializada políticamente, siempre y cuando se tenga unos estándares mínimos de objetividad. Además, la opinión puede ser, como siempre sucede, de derecha, izquierda o centro.

A lo que sí hay que tenerle miedo y hasta espanto no es solo a ese mundo mediático, bastante hipócrita por cierto, donde uno no sabe para qué empresas privadas o públicas dupletea el periodista, columnista o dueño del medio, sino especialmente al silencio cómplice en el cual caemos.

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Alberto Adrianzén M.

Disonancias

Parlamentario Andino