Tráiganme la cabeza de Soberón

También Alan García ofreció una nueva política antidrogas porque la que había venido desarrollando Toledo siguiendo la pauta de los Estados Unidos no había tenido resultado. El ministro Salazar que se creyó que esto era serio firmó un acta con los cocaleros del Huallaga que implicaba un alto al fuego en la guerra que se lleva casi exclusivamente contra ellos en la dirección de buscar un acuerdo con el Estado para la reducción de cocales y el aislamiento del narcotráfico.

| 07 setiembre 2011 12:09 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.9k Lecturas
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Pero inmediatamente se desató la batahola. El acta del “chiquitín” Salazar fue calificada de “capitulación” y la prensa que hoy ladra contra Ricardo Soberón lanzó titulares sobre el ministro de Agricultura hasta que finalmente lograron echarlo. Mientras tanto García viajaba a Estados Unidos y se reunía con Bush para proponerle su “nueva política”, luego de lo cual dijo que había llegado a acuerdos para continuar las políticas de erradicación, cultivos alternativos, no empadronamiento de productores y no incorporación a ninguna mesa de diálogo que era lo que se había esbozado en Lima, y para la eventual extradición de narcotraficantes.

Es decir la “nueva política” era igual a la vieja, que a su vez es idéntica a la que se define en Washington. Algo más, para ser coherente, el presidente peruano designó como jefe de Devida, al exministro del Interior de Toledo, Rómulo Pizarro, el que había venido dirigiendo los operativos de erradicación con la policía militarizada y la DEA. De Pizarro se sabe que ha hecho una gran fortuna personal con su paso por el poder y que en estos días viene impulsando la campaña contra su sucesor en los medios de comunicación al lado de otros personajes que responden a la planilla de la Embajada estadounidense.

El hecho es que García y Pizarro consiguieron recuperar para el país el puesto de primer exportador de cocaína; lograron aumentar el número de hectáreas sembradas por cocales a pesar de las políticas erradicadoras; incrementaron la violencia en el Vrae, pero se dedicaron a perseguir y encarcelar dirigentes de otras cuencas acusándolos de terrorismo para quebrar el diálogo con el Estado. No lograron la captura de ningún capo importante de la droga, ni descubrieron ninguna de las fuentes de lavado de dinero y tampoco cortaron ninguna de las rutas principales de salida de la cocaína.

Pero sí les salpicaron acusaciones de relaciones con acusados e investigados por este delito, García con los Sánchez Paredes, o Pizarro con Zevallos, por mencionar algunos de los asuntos más obvios. Pero los medios nunca se escandalizan demasiado por estas evidencias, aunque una carta de Soberón con dirigentes gremiales sí les merece una grita tremenda y numerosos titulares pidiendo la cabeza del nuevo jefe de Devida. Obviamente que todo lo que vemos es una explosión desaforada de hipocresía. Nadie puede enfrentar el narcotráfico persiguiendo a cocaleros pobres en algunos distritos de la selva, cuando los cocales crecen en todo el país y el narcotráfico mueve insumos, dinero, empresas e influencia política casi a la luz pública.

El ataque a Soberón busca quebrar el vínculo del gobierno de Ollanta con uno de los sectores que le dio el voto y que ha creído nuevamente en el discurso de la nueva política en el tema de la coca y en la inclusión social. Por eso es tan importante defender al presidente de Devida que es una persona honesta con ideas para construir un país mejor.


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Raúl Wiener

POLITIKA

Analista