Tony la salvó

Llegó al hostal una señora muy alta de unos cincuenta años de edad con una cara de hacer cualquier cosa. Era Viernes Santo como hoy y las calles del Rímac soportaban el marasmo del feriado de las cinco de la tarde. “Qué hace esta mujer en este lugar en vez de estar en un iglesia”, pensó Tony luego de darle la llave de la habitación 202.

| 06 abril 2012 12:04 AM | Columnistas y Colaboradores | 825 Lecturas
825

—Por favor, joven, me llama dentro de una hora por teléfono.

—¿Vendrá alguien a buscarla?

—No. Por favor, me llama dentro de una hora.

—Está bien, señora.

La hora pasó muy rápido y Tony llamó al 202.

—Señora, ya pasó la hora. Usted me dijo que la llamara.

—Por favor, suba a mi habitación.

—¿Cómo dice?

—Que, por favor, suba a mi habitación.

—Está bien, señora.

Mientras subía, Tony pensaba en lo peor. Recordaba la noche en que un travesti lo llamó de su habitación y quiso darle cincuenta dólares para que le haga el favor, recordaba aquella vez en que una chica drogadicta lo había confundido con su enamorado y casi lo mata a golpes, pensaba en algo malo, inclusive en aquel día en que encontró al hombre de bruces tieso en el piso porque se había suicidado por culpa de su sobrina.

La puerta del 202 estaba entreabierta. Tony apenas tocó la puerta y se abrió por completo. La señora muy alta no había prendido la luz del cuarto y estaba como escondida en la cortina mirando la calle por la ventana.

—Sí, señora, en qué le puedo ayudar.

La señora tenía la cara manchada de pintura celeste que se había desprendido de sus ojos por las lágrimas. “Siéntate, hijo”, le dijo. Tony se sentó en la cama con un miedo insondable. “Tranquilo”, le dijo. “Dígame, en qué le puedo servir, señora, que tengo que seguir trabajando”.

“No te quitaré mucho tiempo. Lo que pasa es que usted es igualito a mi hijo. Tiene tus ojos alegres y tus cabellos alborotados. Eres idéntico a él. Yo vine a este lugar a acabar con mi vida por un amor malo que me trató peor de lo que te puedes imaginar. Mira. Iba a tomar este veneno; pero no lo puedo hacer. Hoy es Viernes Santo y Dios me está dando una nueva oportunidad. Pude entrar a cualquier lugar, pero entré al tuyo. Dios me ha empujado a entrar a este lugar para seguir viviendo. Gracias por subir, gracias, iré a ver a mi hijo”.


¿Quieres debatir este artículo? prueba abriendo un tema en nuestros foros.


...

El Escorpión

El Escorpión

elescorpion@diariolaprimeraperu.com