Tolerancia Cero (a la izquierda)

Ómnibus donde viaja la Parca sonriente, segura de su cosecha funeraria, de negro y sonriendo al costado del copiloto que empieza a pestañear, delante de los pasajeros aturdidos por el estremecimiento de las pistas y la bellaquería de las curvas diseñadas por ingenieros que juraron (estoy casi seguro) nunca desafiarlas –que para eso está la cholería audaz y omniabusada–.

| 08 mayo 2008 12:05 AM | Columnistas y Colaboradores | 504 Lecturas
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Todos dormitan en ese vagón del tren de las desgracias, empezando por el copiloto, que ya tiene jornada y media en la cabeza. Da tumbos el ómnibus-camión y, de pronto, a eso de las dos de la madrugada, el primer pestañeo del chofer (o su última temeridad, no importa), la peor angostura del camino que se enrosca entre precipicios medianos y pequeños, y en plena noche, entonces, el abismo: ciento veinte metros del último rodaje, alaridos inútiles, Plan Tolerancia 32 (muertos), señora Verónica Zavala: muchas gracias, firmado la Parca sonriente.

Esta vez la empresa se llama San Juan de Yauyos y tiene seis unidades. La mitad de su flota sería de buses montados sobre chasises de camión. Y muchos de sus asientos carecerían de cinturón de seguridad. Pero esta vez, a pesar de esos datos, la empresa no parece la mayor responsable.

La carretera Cañete-Yauyos pertenece a estándares medianamente internacionales hasta llegar a Lunahuaná. Lo demás es riesgo puro. Y esto que está “concesionada”, es decir privatizada. Pero como dijo el alcalde de Yauyos, Diómedes Inga, la zona donde ocurrió la tragedia –Cerro Loro, kilómetro 130– es particularmente peligrosa porque la empresa que explota el camino –la que te cobra siete soles con cincuenta céntimos en el peaje de Lunahuaná– ha angostado el orillado mientras realiza, a paso de tortuga, unas obras de supuesto mejoramiento. Esto quiere decir que una carretera ya de por sí estrecha y potencialmente homicida por tratarse de una vía de ida y vuelta, tiene ahora tramos donde es imposible el paso simultáneo de dos vehículos que vayan en sentido contrario.

Una persona que hace poco padeció la aventura de pasar por allí escribió el siguiente comentario en la página virtual de RPP: “Los piedrones que han caído en el ripiado lo han hecho más angosto. ­Igualmente las constructoras del proyecto El Platanal no piensan sino en ellas mismas. A veces se encuentran de frente el ómnibus de San Juan con una 4x4 del Platanal y el ómnibus no puede retroceder porque está el precipicio. Es horrible. Las personas están con el corazón en la mano. Yo estuve el 29 de abril para ir a Canchán y de allí subir a la iglesia de la Ascensión del Señor de Cachuy y todo es muy peligroso. El Ministerio de Transportes tiene que intervenir”.

En noviembre del 2006 entró en vigencia el Plan Tolerancia Cero. Lo cierto es que en los últimos años los accidentes carreteros han subido un 67%, los muertos un 15% y los heridos un 36%. No es el costo de vida: es el costo de muerte que el Perú paga porque el Ministerio de Transportes no pone ni siquiera el número de inspectores necesario en las garitas más importantes de la red vial, tal como lo comprobó la Defensoría del Pueblo en febrero pasado.

No sólo eso: las revisiones de las garitas son una farsa, se permite toda clase de infracciones y los funcionarios del MTC no tienen ni alcoholímetros a la mano. La Tolerancia es Cero pero a la izquierda.

Morir en el Perú también tiene connotaciones de clase. El transporte masivo se descuida tanto como la educación pública o como la asistencia estatal en salud. El asfalto se ancha hasta medidas europeas en la costa playera, se abrevia mientras más se ­aleja de Lima, desaparece en muchos caminos que conducen a la pobreza rural. Para ­esos peruanos que no participan de la fiesta del espárrago, del sarao de la alcachofa o del legítimo festival del turismo, el ripio está bien, la polvareda les corresponde, el abismo como que puede estar en su camino.

En la jungla del capitalismo salvaje, la muerte tiene muy claros sus nichos de mercado.

Posdata: ambientalista y urgente.– La empresa argentina Pluspetrol no está contenta con calumniar a los comuneros de Andoas, montar reportajes para Canal N y Canal 4 pintando a quienes se oponen a sus miasmas como subversivos. No, eso no le basta. Ahora ha contaminado con seis mil litros de gasóleo las proximidades de la bahía de Paracas, residencia de una fauna que especialistas del mundo vienen a ver con asombro. Dando instrucciones equívocas al barco norteamericano Cape Knox, los responsables de Pluspetrol hicieron que la nave carguera golpeara con una roca en el puerto de Pisco y dejara escapar por la vía abierta parte del combustible que contenían sus bodegas. La marea negra, de ­unos 600 metros cuadrados, se estaba desplazando, impulsada por las corrientes, hacia el centro de la reserva de Paracas, a unos 38 kilómetros del lugar del incidente portuario.

¿Para impunidades como ésta es que el gobierno del doctor García quiere un Ministerio del Medio Ambiente controlado por los grandes intereses extractivos? ¿Es que los perros del hortelano también son ambientalistas y el doctor García desea envenenarlos? ¿Con un bocado de crudo?


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César Hildebrandt

Opinión

Columnista