Todo por él

La vieron por la avenida Tacna caminando como a las once de la mañana con una carita de pena. Como a la una de la tarde del mismo día, la vieron por la avenida Arequipa cerca del parque central de Miraflores, meditabunda y triste; y por la noche estuvo recorriendo la avenida Aviación de San Borja, limpiándose el rostro.

| 18 octubre 2011 12:10 AM | Columnistas y Colaboradores | 779 Lecturas
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Ese día, Nancy llegó a su casa solitaria a las once de la noche y se dio cuenta que había dejado el televisor prendido y se tiró de bruces en la cama. Se cubrió la cabeza con la almohada hasta quedar totalmente dormida, tanto que ni siquiera un calambre de grandes proporciones la despertó aquella noche.

Al día siguiente, siguió caminando deteniéndose apenas para almorzar. No hablaba con nadie, ni siquiera con los meseros de los restaurantes. Uno de ellos pensó que era una loca y que debía cobrarle por adelantado.

En el cuarto día de sus caminatas constantes, una vecina suya le dijo: Si no tienes plata para el carro, yo puedo prestarte. “Preocúpate por tus cosas y deja que yo arregle las mías”. “¿Qué es lo que tienes?”. “Ya te dije que te ocuparas de tus cosas”.

La gente del barrio llegó a creer que Nancy estaba volviéndose loca sin saber que caminaba justamente para evitar la locura porque había sorprendido a su esposo amando a una mujer joven en su cama matrimonial.

Era tan fuerte su amor por él que la única forma de olvidarse al menos por un momento de aquella escena en su cama era caminando, tratando de gastar todas sus fuerzas para no pensar en eso.

Con el paso de los días tenía sus piernas molidas tanto que una mañana no pudo pararse y se quedó mirando al techo de su cuarto hasta que llegó a la conclusión que era mejor no contarle a nadie lo que había descubierto porque sería aún más doloroso decirle a sus amigas que había visto a su esposo haciendo el amor con otra.

Su vecina, como no la vio salir unos días, fue a su casa y le dijo: “Sabes que puedes contar conmigo para lo que quieras”. “Lo sé y te agradezco mucho”. “¿Dime qué te pasa, por favor?”. “Ya estoy bien. Creo que tengo la suerte de amar”. “Me alegro, amiga”. “No te alegres tanto. El amor es tan complicado que te manda hacer cosas increíbles”. “No entiendo”. “Es mejor así. Solo las cojudas tratan de entender el amor en vez de disfrutarlo”.

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