Tiempos modernos

Estoy aterrorizado con Giuliana Caccia, directora del portal Terra, la plataforma continental de noticias que Telefónica ha construido en sus antiguos lares.

| 06 febrero 2009 12:02 AM | Columnistas y Colaboradores | 622 Lecturas
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Preguntada por Esther Vargas en “Peru 21”, la señorita Caccia, guapa y encantadora, relata su jornada diaria de la siguiente manera:

“Me levanto a las 5 y 30 de la mañana, agarro mi iPod, salgo a correr, desayuno, prendo la tele. Vengo a Terra, me conecto todo el día. Estoy en Facebook, tengo mi Hi5, mi Twitter, creo un grupo de la no sé qué en la red, tengo un blog personal con un avatar (no con mi nombre). Me pego a mi BlackBerry. Muero por mi Mac y por mi grabadora y por mis cámaras digitales...”

Tuve que leer dos veces ese párrafo.

Pensé en Stanley Kubrick, que se ha muerto sin autorización antes de haber rodado la película que la señorita Caccia podría haber interpretado.

¿O sería mejor Ridley Scott? ¿Qué tal la señorita Caccia caminando hacia el local de Terra en ese Los Ángeles lleno de chinos y neblina tóxica de Blade Runner?

Si la vida es no sólo una extensión de la instalación eléctrica sino también una caminata por los blogs, un asomarse a la ventana de Facebook, un avatar que vive por ti, un BlackBerry dominante, un iPod que te calienta la oreja, una Mac que te seduce, un Hi5 que te exonera de visitar a los amigos, entonces, modestamente, ¿en qué momento se va uno a ninguna parte para pensar en nadie?

¿Y en qué momento coge uno un artefacto de esos, con letras impresas en papel, y se pone a leer lo que nazca de los forros?

¿Y qué día será el reservado para sentarse a la sombra de un árbol a pensar en el mundo que hemos creado? ¿O debí decir sentarse bajo un árbol y sentirse mago, cualquier cosa, niño otra vez, ausente para todo lo que huela a tóner y oficina?

Me asusta la señorita Caccia. Me asusta, pero la envidio. Envidio su firme decisión de gozar de casi todos los aparatos que las fábricas hacen, sin descanso, con el propósito de incomunicarnos. Envidio su delicioso optimismo y el látido de silicio que se percibe detrás de su sonrisa de última generación.

Cuando el mundo se mira a través de una pantalla de cristales líquidos y se escucha por medio de audífonos posestéreos, el destino es una pestaña que se abre y la intensidad de una pasión dependerá de la resolución en bytes del ser amado.

En esa perspectiva, los hipervínculos sólo dejarán de ser peligrosos en la Red. Y llegará el día en que nos toque la puerta el Avatar que habíamos creado y olvidado. Será un holograma menos borroso que nuestra confusión y vendrá a llevarse la identidad que ya le pertenece y exigirá que firmemos el acta de sucesión con la firma que él ha perfeccionado gracias al programa caligráfico de Adobe N.

Para ese entonces, los zares de la prensa ciudadana tendrán el mismo poder que hoy tiene Rupert Murdoch, con el agravante de la interactividad, ese guiño que te hace creer que eres importante.

Los mismos mensajes de poder se leerán en pantallas hechas de hojas transgénicas doblables, enrollables y plegables. Las llamarán “plantallas” y serán producto de una alianza estratégica de Monsanto, dueña para aquel entonces de todas las hamburgueserías del planeta, con HP, cuya casa matriz estará en Yakarta. Será el tiempo en que Animal Planet deje de transmitir por su actual frrecuencia y se traslade a la banda melancólica de los canales retro.

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César Hildebrandt

Opinión

Columnista