Tiempos de esperanza

Culminando el año, experimentamos otra vez, como en los momentos más significativos de nuestra existencia, la cercanía de un tiempo de gracia, de celebración; un tiempo ritual, denso, casi fijo, con gestos y actos repetitivos, entrañables, en extremo familiares; como si con ellos se abriese una brecha en la fugacidad que caracteriza al tiempo profano, dejando asomar la eternidad. Tal vez refiriéndose a ese tipo de experiencia, común a la humanidad, anotaba Nietzsche: “La tristeza quiere pasar; mas la alegría reclama eternidad, profunda eternidad”.

| 23 diciembre 2008 12:12 AM | Columnistas y Colaboradores | 470 Lecturas
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Sabemos que la experiencia del tiempo habría ido variando en la historia de la humanidad: La actual manera de entender y experimentar el tiempo, como poseyendo un decurso lineal, cancelatorio y homogéneo, habría sido precedida en las civilizaciones agrícolas por otra experiencia del tiempo de tipo cíclico, rastreable hasta el neolítico; tras la cual quizás, en rigor, nuestros antepasados hayan conjurado el cambio y la contingencia instalándose en un “tiempo” arquetípico, semejante en lo fundamental a lo que las especulaciones metafísicas o teológicas conjeturan como “eternidad”.

En cualquier caso, rituales como los que celebramos en estos días, portan en efecto una insoslayable aspiración a conjurar la fugacidad del tiempo y la precariedad de la existencia, acercándonos al eterno “tiempo” de la alegría, cuyo advenimiento parecemos invocar. El mundo moderno, habiendo decidido que “el tiempo es oro”, instituyó su administración con vistas al rendimiento y rentabilidad de la acción: con ello, la búsqueda de la eficiencia domina agobiantemente el horizonte de sentido de la modernidad y la vida del hombre contemporáneo, pero no ha podido desarraigar la esperanza ecuménica de que “otro mundo –con otra experiencia del tiempo- es posible”. Aquella experiencia se halla anclada en el amor, la crianza, el juego, la fiesta; muy significativamente, dimensiones todas decisivas en la experiencia humana, que la búsqueda de eficiencia y la administración del tiempo reloj no pueden invadir sin pervertirlas. Los obreros de la comuna de París, tiempo de gracia de una revolución pendiente, intuitivamente disparaban contra las torres de reloj; nosotros, en todo el mundo, detendremos su marcha en un instante eterno, invocando la intrusión de un tiempo mesiánico que sustenta aún la esperanza.

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Zenón Depaz Toledo

Opinión

Columnista