Terror a la verdad

Asumir el mensaje de la Comisión de la Verdad y Reconciliación compromete a la sociedad civil, a las Fuerzas Armadas, a la Iglesia Católica, a los partidos políticos, todos ellos actores del drama de la guerra no convencional que vivió el país de 1980 al 2000, en la que se enfrentaron el Estado peruano contra Sendero Luminoso y el MRTA.

Por Diario La Primera | 04 set 2008 |    

Toda guerra es una combinación de heroísmo y bestialidad, a pesar que existen principios universales y normas básicas de la guerra, plasmadas en el Derecho Internacional Humanitario, para prohibir las masacres y los abusos en cualquier campo de batalla, lo que lamentablemente se olvida en la hora del combate.

El terrorismo practica una guerra sin derecho, por lo que SL y el MRTA implementaron su búsqueda de “justicia social” a través de diversas formas de lucha basadas en la destrucción y la muerte, ocasionando inmenso sufrimiento a las víctimas, enormes pérdidas económicas al país y grave descalabro institucional en el Estado que terminó ganando la guerra.

Lamentablemente, era un Estado muy poco entrenado en respetar derechos humanos y el estricto cumplimiento de la ley, por eso ganó el combate contra el terrorismo sin profundizar la democracia. La ganó a balazos, a miedo, a secuestros y asesinatos como revela el Informe de la CVR y así, todo el daño que le hizo esta contienda a la economía se la hizo también a la democracia.

Aún lloramos los muertos de esta guerra, madres y padres, hijos y hermanos, familiares y amigos que no los van a olvidar, sin importar en que bando del conflicto estaban. Los senderistas no son cristianos ni los soldados y oficiales son comunistas, pero en la guerra sin derecho todos son parecidos.

Los asesinatos masivos efectuados por los terroristas en las alturas andinas contra campesinos pobres, sus mujeres y niños indefensos, que han generado cicatrices inolvidables, ¿son históricamente justificables, Abimael Guzmán? Las masacres de Accomarca, Soccos, El Santa, Pachas, Pomatambo, Putis, La Cantuta, Cayara, Barrios Altos, Totos, Los Cabitos, contra civiles desarmados ¿fueron obra de espíritus admirables a los que hay que cuidar su impunidad, ¿Monseñor Cipriani?

Los militares no van a pedir perdón, ya lo dijo el ministro de Defensa, ¿y si piden los dan de baja? ¿y si piden perdón algunos terroristas, les aumentan la condena? ¿El perdón se ha vuelto un nuevo peligro?

Monseñor Cipriani colgó un cartel en el Palacio Arzobispal de Ayacucho que decía “Aquí no se reciben denuncias sobre DDHH”, le faltó concluir una idea en su nuevo catecismo “Bienvenidos los que matan en nombre de la democracia peruana, porque los derechos de los que mueren por falta de democracia son una cojudez”.


    Carlos Urrutia

    Carlos Urrutia

    Opinión

    Columnista