Temores, interferencias y corrupción

Rudy Palma, periodista del diario Perú 21, está encarcelado y está siendo tratado con gran severidad judicial por “hackear” correos electrónicos de altas autoridades desde hace 8 años.

| 25 mayo 2012 12:05 AM | Columnistas y Colaboradores | 816 Lecturas
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El director de dicho diario, Fritz Dubois, ha sido excluido de responsabilidad aunque su medio incurre en difamación, lindante con el amarillismo, publica informaciones personales sin contrastar y realiza campañas de liquidación de personajes, ahora lo sabemos, con información derivada de “hackeos” y chuponeos pero también de malas voluntades y afanes persecutorios.

¿Es este el periodismo con calidad ética, clave para luchar contra la corrupción? Evidentemente no. Necesitamos de uno cuya palabra sea respetada. Nadie duda de la defensa de la libertad de expresión para destapar casos de corrupción y fiscalizar el poder pero la palabra clave que acompaña a la de libertad es independencia, de los poderes económicos y políticos, para lograr una prensa con credibilidad que rechace toda práctica delictiva. Y delitos son tanto interferir o chuponear comunicaciones como difamar y exagerar informaciones para presionar, perseguir o desautorizar a enemigos políticos u obtener privilegios económicos.

Todavía se discute la llamada ley mordaza que penalizaría la publicación de todo material originado en la interceptación. El gobierno está tratando de encontrar el punto de equilibrio que proteja el interés público y el privado. Ni los medios pueden erigirse en jueces ni un marco legal asfixiante puede interferir con su labor denunciante. Pero las pruebas deben surgir dentro del respeto a la ley y no fuera de ella, incluso cuando hay auténticas razones de interés público. En todo caso no es el periodista de base el que puede decidir sobre la dimensión del interés en juego. Para eso está el director responsable que no puede limitarse a dar lineamientos generales o indicar que se contrasten las informaciones. Es él quien en última instancia debe separar la paja del trigo para que el periodismo de su medio no sea delictivo ni difamatorio y sí uno de calidad ética con credibilidad.

Cuando se producen denuncias como las de estos días, de los viceministros Patricia Majluf y Enrique Juscamaita, connotado y antiguo militante del Partido Nacionalista, y en lugar de escucharlos se les expectora del poder, algo muy grave está sucediendo en las altas esferas de un gobierno que enarboló la honestidad como diferencia. Y casi todos los medios han callado estas denuncias cuando más se necesitaba de su repercusión. ¿Dónde quedó ese periodismo fiscalizador con autoridad moral que la gente espera?

Y sobre el tema hay lecciones internacionales a la vista. La prensa no es intocable cuando se familiariza con el delito. El respetado diario inglés The Guardian, puso en evidencia las malas prácticas de los medios del imperio de Rupert Murdoch, que hizo y hace de la prensa amedrentadora una inmensa fuente de poder en el Reino Unido y en los Estados Unidos. Murdoch y su cúpula están bajo fuego de los políticos que antes callaron por temor, porque nadie quería enfrentarse a un poder mediático inescrupuloso como el de News of the World, ahora cerrado, o al amarillo The Sun que se mantiene bajo fuertes críticas.

La prensa que usa la presión, el chantaje o el soborno derivado de interceptaciones de comunicaciones privadas como método de investigación debería tener los días contados si queremos que la libertad de prensa sea un valor socialmente compartido y defendido para luchar contra el abuso de poder y contra toda corrupción.


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