Te espero. Dijiste que vendrías

Se compró una camisa nueva y un par de zapatos. Se cortó los cabellos y hasta se afeitó. Fue al parque El Olivar de San Isidro treinta minutos antes de la hora indicada.

| 05 setiembre 2011 12:09 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.6k Lecturas
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Llega a las diez y treinta en punto de la noche al banco de madera frente a unos árboles añejos.

“Anda este sábado a las once de la noche al parque de San Isidro, donde nos peleamos. Quiero verte ahí, quiero verte ahí, amor”, decía el correo electrónico enviado desde ¿España?, ¿Alemania?, ¿Italia?

El corazón de Miguel está a punto de reventar. Está nervioso, ansioso, intranquilo. Dos años son dos años. Dos años sin saber nada de Carmen. Dos años buscándola, preguntando por ella a todos, a todos. “No era suficiente para que te fueras. No tenías por qué dejarme en estas circunstancias”.

Durante las noches en el parque El Olivar se deja oír el silencio. De rato en rato suena el pito de un sereno diligente, escapa por ahí un gato, se oye el trinar de un pájaro noctámbulo. Casi no hay nadie en el parque y Miguel parece un árbol más.

Diez y cuarenta de la noche. Aparece una silueta de mujer a los lejos, a los lejos; se acerca y no es Carmen. Miguel se sienta en el banco de madera, se para, vuelve a sentarse. “No era suficiente para que te fueras. No tenías por qué dejarme en estas circunstancias”.

Aquella noche, hace dos años, Miguel y Carmen discutieron tanto que el respeto se les cayó al piso. Discutieron tanto que el amor se les escapó de las manos. “Jamás volverás a verme”. “Carmen, podemos arreglarlo”. “Es el fin, maldito”, dijo y desapareció.

Diez y cincuenta de la noche. Es ella. No, no es ella. Miguel está sudando, pese al frío. “Ven, por favor, ven que te necesito. No sabes cómo duele pasar los días sin ti”.

Once de la noche. Una mujer; otra mujer; unos serenos en bicicleta; unos gatos, otros gatos; parejas, más parejas; y nada.

Once y treinta de la noche. Miguel tirita en el banco de madera frente a unos árboles viejos. Doce. Miguel está llorando, está llorando. “Carmen, te espero. Dijiste que vendrías”.


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