Taxistas y el feriado largo

Ramón despertó de un feriado largo de cuatro días con ganas de volver a su trabajo diario de hacer taxi. A las siete de la mañana, se subió a su tico y buscó al oficinista del Banco Central de Reserva, pero éste ya se había ido.

| 03 octubre 2012 12:10 AM | Columnistas y Colaboradores | 581 Lecturas
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Entonces llamó a la señorita que labora en Palacio de Gobierno a quien también le hace taxi de vez en cuando y ella le dijo: “Disculpe, Ramón, ya estoy en el trabajo, porque me dijeron que debía llegar temprano hoy”. Ramón, entonces empezó a dar vueltas por las calles de San Miguel y nadie levantaba la mano. A los ocho de la mañana, en los paraderos principales de su barrio la gente que trabaja en oficinas estaba estresada por subir a un carro; pero nadie quería subir al tico de Ramón. Subían a autos más grandes, que parecían más seguros, más cómodos. De pronto sonó su celular. “Oe, Ramón, dónde andas, ven a mi casa en Lince porque tengo que llegar a una entrevista de trabajo a las 9 y 30 de la mañana”, le dijo uno de sus clientes. Ramón se alegró y aceleró. La avenida La Marina estaba tan llena que no lo dejaban pasar. Miraba con envidia cómo los otros carros sí ayudaban para que avanzara una enorme camioneta cuatro por cuatro. Por suerte, empezó a avanzar, pero cuando estaba por llegar se le cruzó una huelga médica y después de un rato una manifestación magisterial. Llegó a la casa de su cliente de Lince, pero éste ya se había ido con otro taxi. ¡Maldita sea!, dijo y siguió dando vueltas en busca de pasajeros. Dieron las diez de la mañana y su tico le pidió gasolina y mientras le ponían 10 soles de combustible, el tigre que vive en su estómago empezó a rugir tenazmente. No tenía nada en el bolsillo. Subió a su tico y el tedio lo venció y lo llevó hasta el Campo de Marte donde el hambre lo empujó al sueño. Se despertó a las doce del día con un hambre de león. Por la avenida De la Peruanidad, un señor que vestía un terno extraño le alzó la mano. “¿Hasta el mercado de Jesús María, cuánto cuesta?”. “Lo que usted diga”. “Cinco soles”. “Suba”. Cuando llegó al mercado de Jesús María desayunó y almorzó un rico cau cau en el puesto de la tía Rita.

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