Taxi Story suyorki

Hay taxistas caballeros y educados, y los otros bravucones y berrinchudos. Hay hombres respetuosos y libres pensantes, alturados e inteligentes y cultos.

Por Diario La Primera | 13 jul 2010 |    

Más de actuar perverso, caprichoso, y arbitrario. A una hora para el cambio de día en este puto mundo, las estrellas caían de luz ante la impenetrable Lima; me iba al periódico con mi leidi en un taxi desde Barranco a La Molina; yo me bajaba en Miraflores, en la ruta. Era un automóvil de lunas a medio cerrar, el capot tenía el tembleque del friolento y el taxista una espalda muda, compungida, con el peinado engominado por tantos días de resina y baño prohibido, sin duda, una pieza de museo prehispánico. Rodando en la Vía Expresa las ruedas giran un conflicto. -Señor, por 28 de Julio suba, me deja en el camino, y luego baje de nuevo a la Vía Expresa-, le dije. -Pero perderé velocidad-, replicó. –Cuál velocidad-, añadí (me disculparán, pero hay que ser bien clown para llamar a eso speed). Sin embargo, subió, y a cada cuadra de las dos que estábamos recorriendo me decía repetitivamente “¿Ya? ¿Dónde?”, de pronto hizo una maniobra radical y retornó al Zanjón, támadre, me estaba llevando donde él quería. Empezamos a discutir. Le dije que nos bajábamos, que ya no la llevaría a mi leidi. Subió en el puente Angamos, y al lado de una casa de citas con las luces lilas se estacionó bajando el taxista rápidamente para mi lado, todo matonesco. Yo abrí la puerta, y lo encaré a este tipo pinta de Cholo Sotil en su era aguja. Frente a frente, misma presentación de boxeadores; y el chofer empezó a tartamudear. Yo sólo le explicaba, impertérrito, que su reacción estaba fuera de lugar, y que ni loco le iba a pagar las leks que exigía por un servicio frustrado, veste conchán. Zafo con la leidi mientras escuchaba sus provocaciones, más desafiantes y cochinas conforme me alejaba. Él fue demasiada boca sucia y giré para regresar, cuando ella me calmó. Lo ignoramos. Su carro se nos acercó lentamente, como persiguiéndonos, en la oscuridad surquillana con más insultos. Yo, callado nomás, ya estaba pensando cómo maniobrarlo si saca la gata como arma. Cuando de pronto, un grito estruendoso opaco todo. Fue un carajo de esos que me quedé helado. La leidi sacó sus notas graves. El patita aceleró y se perdió en la inmensidad de sus problemas personales.

    Luis Torres Montero

    Luis Torres Montero

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