Socialismo del Siglo XXI

Hasta donde entiendo la idea de un socialismo distinto al que existió el siglo pasado y que no se discute como un tema europeo sino latinoamericano, es más un compromiso de voluntad para no renunciar al objetivo de superar las reglas del capitalismo contemporáneo y poner el acento en las prioridades sociales, que un manual para construir una nueva sociedad. Así los gobiernos de izquierda que se han multiplicado en el subcontinente en estos años son de orientación variada y de ritmos diferentes, algunos de ellos en proceso de radicalización y otros más bien en cámara lenta.

| 28 agosto 2012 12:08 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.8k Lecturas
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Los elementos distintivos del nuevo “socialismo” son bastante evidentes en los siguientes dos puntos:

(a) La confrontación política con los poderes instituidos por la hegemonía total de los Estados Unidos sobre el mundo en la década de los 90 y su correlato en las correlaciones internas en nuestros países que se expresó en las políticas de ajuste económico, privatización y liberalización de mercados, y en la configuración de modelos de democracia autoritaria sostenidos por los medios de comunicación y el personal permanente del Estado (tecnoburocracia y militarismo).

(b) El cambio en el eje de atención del Estado, desde la condición de promotor de inversiones, ampliando cada vez más las ventajas de los grupos económicos más fuertes, nacionales o extranjeros, para que hagan crecer la economía, a una política distributiva que aumente la recaudación y el gasto del Estado, sin necesariamente una ruptura con la inversión.

Por ahora se puede decir que el “socialismo del siglo XXI”, no es mucho más que eso, aún en sus versiones más avanzadas como las de Venezuela, Bolivia y Ecuador, donde lo más interesante es además que cada uno ha caminado bajo estos ejes a su propia manera.

Los que creímos en las posibilidades de Ollanta como un factor de transformación del país, teníamos claro que aquí también se iban a recorrer caminos inéditos y que el mayor error sería imaginar que habría recetas que importar.

Pero ahí estaban los ejes medulares para voltear la correlación de fuerzas que ordenaban el cuadro: el proyecto nacionalista hasta diciembre de 2010 era una rebelión a las condiciones existentes y una oferta de construcción de poder popular para contrabalancear la omnímoda posición dominante de los ganadores de los 90, que en el Perú eran además los post-golpistas aferrados a la Constitución de 1993.

Mi primer desacuerdo importante con Ollanta ocurre precisamente el 18 de diciembre de 2010, un día después de la proclamación de la plancha presidencial de Gana Perú (presidente y vicepresidentes), cuando él corrige la propuesta original de discurso para convertir la “gran transformación”, en una gran oferta de programas sociales para pobres: Pensión 65, Beca 18, CUNA-más, SAMU, etc., que se presentaban como la respuesta a las exclusiones que el Estado y el modelo económico habían producido en contra de los más pobres.

En mi crítica le dije que era claro que estaba negándose a confrontar con los responsables de la pérdida de soberanía y las injusticias sociales. Y él me dijo que sus “asesores” le habían señalado que con una imagen confrontacional no ganaba las elecciones.

Hoy, Ollanta ha constituido un gobierno distante de la tendencia latinoamericana con la que se identificaba. Ya no es el de la rebelión contra el viejo sistema, ni el del poder de los sin poder. Pero la economía sigue creciendo. Hasta ahora.

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Raúl Wiener

POLITIKA

Analista