¿Sin lugar para la buena noticia?

Ya estamos en el 2013 y los deseos de consolidar nuestra democracia y nuestras instituciones ha sido puesta a dura prueba con un Congreso convertido en piñata desde hace algún tiempo. Bienvenida la renuncia a un bono remunerativo que se hizo herida abierta y motivo de confrontación entre representantes y representados. Nuestros congresistas deben actuar enmarcados en la Constitución y en la ley para que el régimen sea legal y también legítimo, para que nadie intente romper, como sucedió el 5 de abril de 1992, la continuidad del Estado de Derecho.

| 12 enero 2013 12:01 AM | Columnistas y Colaboradores | 630 Lecturas
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Daría la impresión, como ya lo han destacado algunos analistas, que un clima de deterioro institucional se está instalando con la desconfianza y el desgaste del Congreso y del Poder Judicial. Los factores comunes son puestos de relieve en todos los medios y son los comportamientos lesivos, los escasos liderazgos y las fugitivas virtudes. La generalización se impone y son pocos los congresistas que escapan a la mala imagen, que cuentan con legitimidad social y aceptación que los distinga de esa mayoría de conducta negativa. La situación es grave pues se ha llegado al punto de alimentar posibilidades de una disolución del Congreso siendo que es una institución fundamental del balance de poderes.

La rabia de la población descontenta con sus instituciones fundamentales puede ser nefasta para la democracia. De ahí que un indubitable primer deseo para este 2013 es que nuestro sistema político logre ser percibido por los ciudadanos en positivo, como idóneo para mejorar nuestras condiciones de vida. Y ello es responsabilidad de los partidos políticos obligados a cumplir funciones intransferibles y a controlar sus bancadas con autoridad suficiente. Y también de los medios que deben contribuir evitando truculencias mediáticas que contaminan la esencia ética que lleva a los pueblos a respetar las instituciones y a convertirlas en parte indispensable de sus vidas.

Los medios suelen ser eficaces siempre que no ingresen a vendettas para liquidar personajes. Debe haber lugar para la buena noticia, para distinguir lo positivo, que también existe, en nuestras instituciones a fin de que nuestra democracia sea capaz de superar la feroz contaminación de la corrupción. Nuestros medios son partes y garantes de la ética pública. Y ojalá nuestros políticos, desde el otro lado, pudieran ser lo suficientemente libres y autónomos para suscribir un pacto contra la corrupción y la impunidad como instrumento para la lucha social bien orientada. Para no dar el penoso espectáculo de representantes que pagan facturas por campañas subsidiadas, que ponen por encima de los intereses nacionales y públicos los particulares y de grupo o que consideran el ingreso al Congreso como un negocio donde se jura por Dios y por la plata.

Que el 2013 abonemos la estabilidad política, el reforzamiento de las instituciones, el redominio de la integridad y la ética públicas con autoridades que hagan de la honestidad la diferencia, como Ollanta Humala ofreció en su campaña, como telón de fondo de la gran transformación del país, aún pendiente.


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