Siglos cretinos

Hace años le escuché decir a Don Hewitt, el creador y productor de “Sesenta minutos” que se acaba de morir, que no se sentía cómodo en el siglo XXI. Lo decía hablando del vértigo, de la impiedad, de la uniformidad y de los excesos de la tecnología.

| 11 setiembre 2009 12:09 AM | Columnistas y Colaboradores | 1k Lecturas
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Era una manera de decir que tampoco se sintió muy bien en los últimos 20 años del siglo XX, preludio analógico de lo que estamos viviendo.

Me sentí plenamente de acuerdo con el viejo Hewitt.

Carezco de Twitter, no frecuento el Facebook, jamás tuve un Blog, desconozco al Blackberry, me libré de los iPod Touch, renuncié a estar de moda, amo los escritorios viejos, creo en los libros, mi reloj sin cronómetro me sigue gustando, uso la computadora como si fuera una máquina de escribir (y aporreo su teclado como si de una Remington se tratara), me he visto obligado a comprar discos compactos, MTV no me emociona, uso el celular con cada vez más renuencia, me aburría soberanamente con las hazañas gravitatorias de los plomazos del transbordador, y en general, tengo ante esta proliferación de prodigios la sensación de que hemos hecho un mundo a la medida de Madonna.

¿Quién diablos nos ha dicho que la rapidez es más importante que el mensaje? ¿Era menos Miguel Strogoff acaso? ¿Cuando el cartero tocaba dos veces la gente no era feliz? ¿Qué hará el Nintendo, a la larga, en el delicado cerebro de los niños?

¿Quién demonios dice que la búsqueda electrónica es más emocionante que la que hundía a Marlowe -y antes a Holmes- en archivos amarillentos? ¿Estamos hechos de píxeles? ¿Quemarán las bibliotecas?

¿Y qué importancia tiene aproximarse a la última partícula de la materia -y aun de la antimateria- si no podemos entender que la materia más preciada, la Tierra en su conjunto, es una madre herida por nuestros desechos?

El siglo XX fue bastante cretino por su maniqueísmo, eso que alguien ha llamado, con razón, una enfermedad de la inteligencia. Pero si el siglo XX fue cretino, detesto igualmente la arrogancia cretina del siglo XXI: sus mares de jóvenes machacados por el mismo ritmo, una misma ideología que niega toda trascendencia, una misma codicia que brutaliza toda relación, una misma resignación que empobrece el espíritu.

Tuve un sueño el otro día: regresaba del trabajo en un Packard pesado y llegaba a una casa con el piso de madera real y encendía una radio de bulbos (Phillips, también de madera) y me ponía a oír radio Selecta.

Un gato gordo me miró a los ojos, reconociéndome.

Miré por la ventana y pude ver el cielo. Hacía frío pero el cielo no era una telaraña de cables telefónicos.


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César Hildebrandt

Opinión

Columnista