Setenta años no son nada

Se levantó a las cinco de la mañana, antes que su esposa Margarita, su hijo Carlos, y su mascota Minino, y salió de su casa con el cuidado necesario para no despertarlos con dirección a su trabajo.

| 27 abril 2012 12:04 AM | Columnistas y Colaboradores | 845 Lecturas
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Otra vez la tristeza empezó a carcomerlo, pese a que no era un día cualquiera. Era su cumpleaños, número 70. Pero para él cualquier cosa era motivo para estar triste.

Ya en su escarabajo rojo del año 84 dijo, mirándose en el espejo pequeñito: “Carajo, ya me falta poco para que esta vida se acabe”. De pronto, le sacudió la llamada de su esposa.

—Amorcito, dónde estás. Ya, pues. Quiero que veas tu regalo, tiene que ver con tu poeta preferido.

—Voy al trabajo un rato para terminar un informe importante y regreso enseguida.

—Ya, papi, no te demores. Te esperaremos para el desayuno.

En realidad, no iba a su trabajo sino a dar vueltas por ahí porque la tristeza le empujaba siempre a la soledad.

Fue al Campo de Marte y recordó las tardes felices junto a su esposa con quien comparte su vida hace cincuenta años y que le ha dado su único hijo que está por cumplir treinta y que vive todavía en su casa. Pero aun así no pudo vencer a la tristeza.

Siguió dando vueltas con las calles aún libres de tráfico, con la brisa matutina, como perdido en la nada, perdiendo el tiempo. Le entró otra llamada de su esposa.

—¿Qué pasó, amor? Ya déjate de cosas. Apúrate que ya va a ser las ocho de la mañana.

—Ya voy.

—Ya, pues, papi, además ya sabemos que no has ido al trabajo. Deja la tristeza a un lado, que no vale la pena.

—Ya voy, ya voy.

Cortó el celular y dijo: “Ay, esa mujer sabe todo. Lo único malo de ella es que no me deja estar triste”.

Cuando llegó a su casa, su hijo lo recibió con un abrazo fuerte, su perro le ladró tres veces mirándolo a los ojos y le movió la cola, y su esposa le dio un beso. “Ay, viejo, tú siempre con tus cosas. Feliz cumpleaños. Ya déjate de vainas, setenta años no son nada. Mira la pared, viejito”. Miró la pared y vio su regalo. Era un inmenso cartel. “Se prohíbe estar triste”. Leyó y apenas sonrió.


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