Sentados en un banco de oro

Al escribir estas líneas acababa de morir en Pataz, región La Libertad, Manuel Yupanqui Ramos (23 años).

Por Diario La Primera | 13 jul 2008 |    

Yupanqui era uno de los seis mineros heridos de bala por la policía en las cercanías del yacimiento de oro que explota en Pataz Minera Aurífera Retamas S.A. (MARSA). Un compañero de labores llamado Rosario Castillo Ramos había sido operado de emergencia por una herida de bala en el abdomen y su estado era grave.

Yupanqui fue herido en el pecho. Otros cuatro trabajadores presentaban lesiones de armas de fuego, pero tenían un buen pronóstico médico.

Todo ocurrió ayer. Y según la versión del secretario general de la Federación de Trabajadores Mineros, Luis Castillo, todos los testigos señalan que la policía parecía tener órdenes de provocar el enfrentamiento.

“Los mineros estaban protestando pacíficamente y la policía llegó de otro sitio para rodearlos. No había ninguna necesidad de hacer eso porque nadie estaba causando daños a nada ni a nadie. Sólo se estaba protestando porque MARSA se niega a entregar las utilidades que corresponden al año 2007”, dijo Castillo a una emisora radial de Trujillo.

La verdad completa es que algunos piquetes de los dos mil mineros que han paralizado sus labores habían bloqueado la carretera que conduce a Pataz. En la conciencia del ministro Alva Castro se librará el debate en torno a si despejar una carretera vale un muerto y otros cinco heridos de bala.

Lo cierto es que doscientos policías salieron de Tayabamba rumbo al anexo de Llacuabamba, distrito de Parcoy y provincia de Pataz, requeridos por los ejecutivos de MARSA, cumpliendo órdenes impartidas desde Lima por el ministerio del Interior y dispuestos a escarmentar a quienes empezaron el 30 de Junio una huelga sectorial que fue levantada hace tres días pero que ellos prosiguieron a nivel local.

Y por supuesto que MARSA se parapeta, entre otros argumentos, en el hecho de que la ley sobre el reparto de las utilidades mineras está atorada en los drenajes siempre a tope del Congreso -y en esto la bancada del señor Ollanta Humala tiene una gran cuota de responsabilidad-.

Si en las próximas horas sucede algo aún más grave que lo que ha pasado ayer, nadie podrá decir que no estuvo notificado de la situación. Los auxilios bomberiles del régimen parecen haber empezado también una huelga de brazos cruzados.

Si el dinero fuera líquido, las empresas mineras tendrían mar propio y océano comanditario. Entre 1990 y el 2007 las exportaciones minerales pasaron de tres mil millones a diecisiete mil trescientos millones de dólares. Y mientras, en ese mismo lapso, el PBI genérico creció un 109 por ciento, el PBI minero lo hizo en un 135 por ciento. Sólo el año pasado MARSA incrementó su producción en 36 por ciento.

Pero así como la del guano fue “la prosperidad falaz”, la abundancia minera resulta un cruel espejismo para la mayor parte de los trabajadores del sector.

De los 101,192 trabajadores mineros censados por el ministerio de Energía y Minas sólo el 36 por ciento está en planilla (“empleo decente”, para usar la terminología del doctor García). El resto labora bajo el régimen de contratas, en subsidiarias muchas veces engañosas de las propias mineras, y con precarios contratos que se renuevan cada tres o seis meses.

Y el salario promedio de un service está entre los 25 y los 30 soles diarios, uno de los más bajos de América Latina. ¿Y cuánto gana un trabajador de socavón formalizado en la planilla de Shougang? Pues 43 soles diarios, un jornal que poco tiene que ver con las cifras de la bonanza corporativa y menos todavía con un oficio que conoce de jornadas de doce horas diarias y reduce en diez años el promedio de expectativa de vida.

Para no hablar de la siniestralidad, que en un 75% de los casos ocurre, cuando de accidentes fatales se trata, en los llamados services mineros, ínsulas infames donde las leyes no llegan y la atmósfera es la de las viejas enganchadoras que se mueven como sombras en el “Tungsteno” de Vallejo y en la saga del Garabombo que Scorza hizo galopar.

Las cinco primeras empresas del Perú en la lista del éxito hecha por la publicación “The Top 10,000” son mineras. Y la primera es Southern, que sólo en el 2006 tuvo utilidades netas (después de pagar impuestos) por valor de 1,273 millones de dólares. Y un cálculo de Humberto Campodónico respecto de las sobreganancias mineras en el 2007–es decir lo que obtuvieron como añadido por el incremento de ese año en el precio internacional de los metales- nos pone ante la sideral cifra de 12,000 millones de soles. Estamos hablando de 12,000 millones de soles ¡sólo de sobreganancias! ¡Y de 22,000 millones por el mismo concepto si sumamos los años 2005 y 2006!

Eso está muy bien. Pero estaría mucho mejor si esa cornucopia salida del Reino de Nunca Jamás fuese menos mezquina con los de abajo y si el gobierno hubiese llegado a un arreglo más digno con la gran minería. Sólo con un razonable 10% de impuestos sobre esas ganancias no previstas el Estado habría obtenido dos mil y doscientos millones de soles para hacer obra social.

Mientras tanto, en MARSA, aquella mina que Raimondi merodeó con su vista de lince, a los mineros los abalea una policía que parece la Forza de Yanacocha, la benemérita de la Cerro de Pasco, la de asalto de los tiempos de Toquepala. Y es que cuando García habla de “conspiración comunista para traerse abajo la democracia” no sólo está rebobinándose a los tiempos del muro de Berlín sino que está emitiendo señales químicas que Alva Castro interpreta salivando y el general Salazar rastrillando y los descendientes del famoso Marsano del fujimorismo mirando sentados en su banco de oro. Todo como siempre.


    César Hildebrandt

    César Hildebrandt

    Opinión

    Columnista