Señora, no soy yo

Hacia 1987, en la comunidad campesina de Chalcos de la provincia ayacuchana de Sucre, la casa gigante de don Víctor fue rodeada a plena luz del día por senderistas de botas vetustas y sin máscaras, armados apenas con palos y piedras.

| 24 mayo 2012 12:05 AM | Columnistas y Colaboradores | 722 Lecturas
722

Querían dinero y provisiones porque vivían alejados del pueblo para escapar de las redadas de los militares de la zona. Sabían que don Víctor, jubilado en un hospital de Lima, había regresado con sus ahorros anuales para trabajar sus tierras, mejorar su casa, y volver otra vez a Lima después de algunas semanas, como era su costumbre.

“Don Víctor, bienvenido, hemos venido a saludarlo”, gritó el senderista en jefe, de apenas 20 años de edad llamado también Víctor en homenaje al jubilado porque él había ayudado a su madre a parirlo en aquellas épocas en que Chalcos era una comunidad tranquila donde todos se trataban como parte de una sola gran familia.

“No mires, carajo”, dijo don Víctor dentro de la casa porque su nieta Estela quiso dar una ojeada por la ventana. “Yo no les tengo miedo”, exclamó Estela enojada. Don Víctor salió con el dinero en las manos y un saco de cosas para comer que Estela había comprado en Huamanga.

Cuando don Víctor entregaba las cosas, Estela se apareció detrás de él con la escopeta de matar pumas: “Espero que no molesten más”, dijo mirando al senderista en jefe de ojos endemoniados, extremadamente claros, brillosos, como un celeste raro tirando para verde, que había heredado de su padre bohemio descendiente almagrista que había muerto ebrio en una esquina de la plaza de Pampa Cangallo con su charango en la mano.

De pronto, una tropa de militares apareció de la nada y empezó a disparar a matar. Don Víctor y su nieta entraron a la casa a esconderse debajo de la cama mientras pasaba la revuelta. Después del ataque, el militar en jefe que conocía a don Víctor contó que ningún senderista había escapado.

Actualmente Estela es una profesora de escuela pública con ganas de jubilarse. Ha vivido todo este tiempo intranquila por el dolor de la guerra y recuerda Chalcos como si fuese un lugar de otro mundo; sin embargo, jamás pudo olvidar los detalles de aquel día infausto de senderistas muertos y menos los ojos endemoniados de Víctor. Ayer, en un paradero de combis de una calle de San Miguel, volvió a verlo después de tantos años y lo reconoció por el brillo de sus ojos inconfundibles. Estela empezó a acercarse; pero él la reconoció y comenzó a caminar cada vez más rápido sin rumbo conocido. “Oiga, Víctor, oiga, espere. Solo quiero hablar con usted”, decía Estela mientras lo perseguía a pasos apurados al hombre temeroso de todo. Pero él, con más de 40 años encima, gordo y acabado, seguía caminando sin mirarla. “No soy yo, señora, no soy yo”, decía.


¿Quieres debatir este artículo? prueba abriendo un tema en nuestros foros.

En este artículo: |


...

El Escorpión

El Escorpión

elescorpion@diariolaprimeraperu.com

Deje un comentario