Señales de violencia

Tres son las malévolas señales que descubro detrás del atentado contra la familia Reggiardo y que me hacen dudar de que se trate de un simple intento de robo agravado por el uso de armas de fuego, como indica la Policía, tan dada a armar historias truculentas en otros casos.

| 10 agosto 2011 12:08 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.8k Lecturas
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Primera señal: la agenda del Perú resulta directamente afectada por el hecho y se impone la idea de que el tema número uno, como dice algún columnista “el único” que realmente importa, por encima de los cambios económicos y las reformas sociales, es detener la mano de la delincuencia que si se atreve a disparar contra la hija de un congresista qué más no podrá hacer contra el resto de la población. Esto está variando la lógica en la que se van definiendo las nuevas leyes y sesgando el debate a saber quién hace la propuesta más efectista, para acabar el día de mañana, con tan mortal flagelo. Así reaparecen nuevamente los propulsores de la pena de muerte, cadena perpetúa para todo, reapertura del Frontón, etc., que por supuesto no resolverán ningún problema pero conseguirán adhesiones; fracasarán a un cierto plazo y se volverá a pedir endurecimiento.

Segunda señal: la sensación de inseguridad se acrecienta lo que eleva los reflejos autoritarios de la sociedad que están a flor de piel después de la experiencia de la guerra interna de los 80-90, que han sido mantenidos y apuntalados desde el Estado y los medios de comunicación, con la finalidad de manipular la opinión pública. No se trata sólo de las repuestas primarias a la delincuencia agresiva: matar al agresor, aumentar las penas, sacar al Ejército; sino de la extensión de esta metodología de “solución” hacia otros campos como los conflictos sociales, las disputas políticas, etc.

En esencia lo que se bloquea es la posibilidad que el país se pacifique realmente y deje de estar regido por escalas de odio. Disparar contra la hija de un congresista equivale a restituir la palabra “guerra” en el lenguaje cotidiano, ya no la “guerra contra la pobreza” u otras batallas sociales de las que hablan los políticos, sino de otra con armas contra un enemigo invisible que puede golpear en cualquier parte.

Tercera señal: se despliega lo que podría parecer fácilmente casi un ensayo de desestabilización generado a partir de un acto de violencia contra algún político visible. Cabe imaginar el impacto de lo que podría significar el acribillamiento de un congresista u otro dirigente de primer nivel, cualquier tienda política, o de un familiar directo que se lea como una evidencia de vulnerabilidad del poder, que se convertiría de inmediato en un cuestionamiento a la eficacia del gobierno, por más nuevo que este sea. Mucha gente que ha visto el caso de la familia Reggiardo ya está pensando eso y sintiendo que las declaraciones del ministro del Interior asegurando que se trata de delincuentes comunes tienen un sabor a evasiva a plantearse la hipótesis de una implicancia política en este atentado. Y no es que no se trate de criminales avezados, pero aún en este supuesto, no se excluye que hayan actuado direccionados, como sicarios pagados. Las nueve balas contra la camioneta, en la que no se encontraba el guardaespaldas que estaba repeliéndolos, indican una voluntad criminal hacia los ocupantes que carecían de armas.

Son demasiados mensajes en un solo acto como para no sentir que aquí hay mucho de extraño en este ataque que ha tomado el primer plano de la vida nacional.

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Raúl Wiener

POLITIKA

Analista