Seguridad, urgente

Con alarma hemos observado que muchos autos dedicados al servicio de taxi llevan en alguna de las ventanas pegado un adhesivo con la imagen de un personaje de dibujos animados, un hombre-felino, que no tiene ningún texto ni marca que la complemente.

| 26 mayo 2012 12:05 AM | Columnistas y Colaboradores | 898 Lecturas
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Se dice que en realidad la calcomanía es usada por extorsionadores y significa que el dueño del taxi está protegido contra asaltos y otros ataques, a cambio del pago de un cupo cada día y si no paga, las represalias pueden ser fatales.

Esa práctica gangsteril, conocida ya en ciudades de provincia, la sufrirían también negocios pequeños, bodegas, talleres y otros emprendimientos y es público que hay criminales que lanzan explosivos a la casa de personas que no han querido pagar gruesas sumas a cambio de no ser molestados.

El tema muestra la gravedad del fenómeno de la delincuencia organizada, que se expresa también en el narcotráfico, el sicariato y otras modalidades como el lavado de activos, pero expresa dramáticamente la indefensión y la falta de seguridad ciudadana para el peruano de a pie, el que día a día lucha con su esfuerzo para llevar el pan a la familia.

El problema se agrava con la corrupción o la ineficiencia que afectan a nuestra policía, mal pagada y mal preparada y con insuficientes efectivos para proteger adecuadamente a la ciudadanía.

La seguridad ciudadana es una de las prioridades del gobierno, pero hace falta aplicar un plan de emergencia, de choque, para frenar a la delincuencia, y sobre esa base desarrollar políticas de largo alcance que la erradiquen.

Y para ello, insistimos, es necesario destinar recursos para que nuestros policías tengan sueldos decorosos, uniformes y armamento adecuados, vehículos y otros medios tecnológicos, instalaciones y otra infraestructura, etc., sin los cuales no les será posible librar una lucha eficaz contra el delito.

Ningún argumento de tecnócratas que más que economistas parecen cajeros sin sensibilidad ni neuronas, debe impedir que el país destine los recursos necesarios para la seguridad ciudadana, principal preocupación de la ciudadanía, que quiere trabajar y vivir tranquila, sin angustias ni temores ante la creciente delincuencia.

Y si alguien dice que no se puede gastar, hay que responderle que no es un gasto, sino una inversión en la tranquilidad y el futuro del país, que valen más que cualquier ahorro, pues primero está la seguridad de nuestras familias y nuestros hogares y esa seguridad no puede seguir siendo un privilegio de quienes pueden pagar costosos servicios privados.

No olvidemos, por cierto, que un país seguro, que tiene a raya a la delincuencia, es un país atractivo para las inversiones extranjeras y que estas suelen irse de las naciones en las que campea el crimen. Todavía estamos a tiempo. Manos a la obra y, sobre todo, manos a la bolsa.


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