Se puso a llorar

Cuando volvió al barrio después de tanto tiempo, la señora Domitila Mendoza mejoró toda su casa, la pintó con colores vivos y construyó un jardín lindísimo como adorno de la fachada. Protegió el jardín con un cerco pequeño de madera blanca y lo adornó con flores del Caribe. Lo regaba todos los días a las siete de la mañana en punto escuchando canciones que, a veces, le recordaban a una perrita suya. Antes de acostarse, lo regada también unos minutos siguiendo los consejos de su jardinero que hacía el mantenimiento cada mes. Todo iba bien hasta que una mañana Domitila Mendoza encontró un cúmulo de residuos metabólicos del organismo de un can en su jardín y gritó: “Maldita sea”. Tuvo que limpiarlo ella misma y maldijo toda la tarde. Al día siguiente, Domitila Mendoza encontró otra vez el cúmulo y le dieron ganas de vomitar. “Maldita sea, cuando encuentre al maldito perro que está ensuciando mi jardín terminaré con sus días”. Aquel día tuvo una reunión en su casa hasta altas horas de la noche y no pudo despertarse a las 8:30 de la mañana y encontró otra vez el cúmulo maloliente. “Mañana te encuentro y te mato”, dijo.

| 04 enero 2013 12:01 AM | Columnistas y Colaboradores | 583 Lecturas
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A las 6 de la mañana del día siguiente, Domitila Mendoza empezó a hacer guardia desde su ventana. Esperó 30 minutos y no llegaba el can. Se llenó de cólera, y de pronto apareció una linda perrita blanca y crespita con un peinado con estilo de los mejores lugares. Tenía un lazo fino en el cuello y colgaban de sus orejas largas unos aretes dorados. La perrita de apenas unos kilos entró al jardín sin tocar el cerco e hizo su necesidad biológica en el mismo lugar de siempre y se fue dando unos ladridos de tranquilidad. Domitila Mendoza vio todo desde su ventana, y se puso a llorar porque se parecía mucho a su perrita.


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