Se estaba despidiendo

Aquel día, José Antonio se levantó con unas ganas increíbles de vivir, y hasta se preparó un jugo de frutas frescas para recibir el sol que pugnaba por entrar por la ventana. El día anterior había bebido tres botellas de vino en medio del humo que producían los cigarros prendidos con las colillas de otros.

| 18 junio 2012 12:06 AM | Columnistas y Colaboradores | 724 Lecturas
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Pero ese día no tenía ni siquiera resaca y su cuarto, extrañamente, olía a una fruta dulce que su mamá le daba todas las mañanas cuando era niño. “Te amo, mamita, y no he dejado de pensar en ti ningún día desde que me dejaste”, dijo y luego se puso la camisa blanca dominguera y el pantalón negro de tela suave. “¡Papá!”, gritó. “Hola, hijo, qué bueno que ya te has levantado”. “Quiero tomar desayuno contigo, pa’”. “Claro”. José Antonio se portó como el mejor hijo del mundo y dijo todo lo que el padre quería escuchar. Luego salió de su casa con una sonrisa enorme. Pagó sus deudas en la bodega; le dio un enorme pan con jamón al guardián de la calle; le agradeció con un cariño enorme, nadie sabe por qué, al viejito que siempre estaba tomando el sol de la mañana en la puerta de su casa; y miró un rato a los niños que habían salido a la calle a jugar pelota. No perdía la sonrisa y los vecinos, al mirarlo, le decían: “Caramba, José Antonio, qué guapo estás hoy”. Se encontró con su amigo de alma cuando estuvo a punto de tomar la combi. “Hola, causita, voy a ver a Sandrita y volveré a almorzar con mi viejo. Espero que estés bien”. “Gracias”. “No, gracias a ti por tu amistad; y me gustaría que sepas que eres el mejor amigo que he tenido en la vida”.

La radio de la combi soltaba canciones hermosas, boleritos cubanos. Apuntó algunas frases para Sandrita. Cuando llegó a su casa, ella estaba saliendo a hacer compras al mercado y fue la primera vez que no discutieron, todo el tiempo se rieron, y hablaron de su relación como dos amantes sinceros y buenos. Al despedirse ella le dijo: “Si todos los días fueran como hoy, me gustaría pasarlos contigo”.

Cuando José Antonio volvía a su casa para el almuerzo se quedó dormido en la combi y en sueños vio a su mamá llorar de felicidad y a su padre correr por jardines amplios y con flores. Los vio caminar felices por el parque; y se vio a sí mismo aprendiendo a comer; saltando a una piscina; haciendo un gol en el colegio; besando a Sandrita por primera vez; hasta que una bala perdida, disparada por un delincuente contra un policía, pasó entre las hojas de un árbol y luego entró por la ventana de la combi y se estrelló contra su cabeza.


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