Se casó y ahora qué hago

Le volvió la sombra de la soledad pocos días después de que su mejor amigo se casara con una mujer hermosa. Arturo estuvo feliz en la boda, disfrutó como nunca de la fiesta, y le deseó a la pareja feliz en público, como debe ser, que vivan un matrimonio dichoso hasta los últimos días de su vidas; pero no pensó que la boda de su amigo lo iba a empujar a la soledad de la que ya había escapado hacía un tiempo.

| 11 febrero 2013 12:02 AM | Columnistas y Colaboradores | 609 Lecturas
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Poco a poco empezó a sentirse solo como un árbol deshojado, como antes de conocerlo. El amigo no se quedaba ya a conversar con él en las cafeterías alegres después del trabajo, no salía ya con él los viernes por la noche a tomarse unas cervecitas a algunos bares azules de Miraflores, no fastidiaban ya junto a las bellas chicas lindas que pasan siempre por las calles mostrando su dulzura. Los domingos por la tarde le decía que estaba ocupado y los sábados por la noche Arturo se quedaba solo en medio de la nada tratando de buscar compañía. Su amigo se había ido al bando de los casados y, después de tanto trabajo, le faltaba tiempo -incluso para su esposa- y para su amigo no le quedaba nada, ni siquiera una llamada de teléfono. Arturo empezó a sentir un poco de celos por la esposa de su amigo, pero después entendió que la vida es así y llegó a la conclusión de que él también debía casarse ya y no andar solo por las calles, como un soltero sin suerte. Fue después de esa conclusión que volvió a pensar en el amor de su vida, una señorita rara, de trenzas largas que ya tenía esposo e hijos. Pensó que podía tratar de enamorar a una compañera de trabajo suya de ojos extraños, pero ella ya estaba con otro. Pensó en la chibola rompecorazones, pero en esta chica pensaba todo el mundo y él no quería competencia. Pensó en su vecina barranquina, pero ésta tenía ya tres hijos. Pensó en su amiga de la universidad que no le había fallado nunca, pero esta vez sí le falló. “Debo empezar de nuevo, mirar de manera serena hacia el futuro y caminar con firmeza mirando en esta vida tan triste”, dijo Arturo y empezó a caminar por la vereda con las manos en los bolsillos.


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