Se fue con el abogado

Aquella noche, Mario había soñado que partía sonriente y feliz a un viaje de luna de miel al Caribe con Margarita; pero, cuando despertó, la primera noticia que recibió fue que ella se había ido con el abogado del barrio.

| 26 junio 2012 12:06 AM | Columnistas y Colaboradores | 737 Lecturas
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“Dicen que escaparon temprano, hermano”, le dijo su mejor amigo. “Estás hablando tonterías, ella está en su casa”, le respondió. Pero no estaba en su casa y la madre de su novia no le dio cara por vergüenza. Salió la que iba a ser su cuñada, una niña de ojos tristes. “Te lo quisimos decir, ella nunca dejó de amar al abogado”, sostuvo.

“Maldita sea”, dijo Mario y fue a buscar al abogado dispuesto a rajarle la cara de palo. Cuando llegó, un vecino del jurista le dijo, como si supiera todo lo que estaba pasando: “Se fueron con maletas grandes; parece que no volverán por un largo tiempo”.

—¿Puede decirme, usted, dónde se fueron?

—Aunque lo supiera, no se lo diría, porque usted tiene la cara de entorpecer el amor. Váyase a su casa y olvide a esa mujer que no es para usted. Ella estará bien con el abogado.

—Váyase usted a la misma mierda.

—¡Fuera, cachudo! —le gritó y cerró la puerta.

Mario volvió a su casa con la amargura de un león herido y destrozó con un cuchillo el terno negro que se había comprado para la boda con un adelanto de sueldo y lloró tanto que se quedó dormido en el piso.

Al día siguiente, los chicos del barrio murmuraban: “Ahí viene al que lo dejaron; allá va el cachudo”. En la panadería, la chica que lo atendía siempre le dijo: “Se fue por culpa suya; usted no la trataba como se merecía”. La gordita del quiosco de periódicos le dijo: “Yo le dije; ella estaba con la cabeza caliente”.

En el mercado, la verdulera le dijo: “Tranquilo, que las mujeres no sabemos elegir; mira al idiota que tengo de marido”. El chico del gas le dijo: “Está bien que se haya ido, amigo, porque ese abogado es un pendejo. Es más ella volverá”.

Mario se encerró en su cuarto y ahí, sin salir casi para nada, soñaba con la boda recordando las tardes tranquilas junto a ella y los años que había vivido para ella comiendo de sus manos. Se dio cuenta que en realidad él era el culpable de su huida, porque nunca la escuchaba y la relación giraba en torno a lo que él quería. “Está bien que te hayas ido; y creo que también yo debo irme de este barrio que sabe más de nosotros que nosotros mismos”, pensaba, cuando repentinamente ella le tocó la puerta y al abrir la vio con el rostro surcado de lágrimas y moretones.


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