Santos talibanes

Karl Marx en el Manifiesto Comunista, al explicar el desarrollo del mercado mundial, decía que había: “destruido las relaciones feudales, patriarcales, idílicas”. Valoraba el papel revolucionario del proceso que estaba transformando al mundo, que generaba una producción y un consumo mundiales, abriendo así una nueva época.

Por Diario La Primera | 21 jun 2012 |    
Las repercusiones del paso de la Edad Media al capitalismo son de tal dimensión que acaban por: “ahogar el sagrado éxtasis religioso…del pequeño burgués en las heladas aguas del cálculo egoísta”. Advirtió que el capitalismo no puede existir sin revolucionar incesantemente los instrumentos de producción, las relaciones de producción y las propias relaciones sociales. “Todo lo estancado se esfuma. Todo lo religioso es profanado”, escribe en ese texto de 1848. Incluso llega a decir que: “con gran sentimiento de los reaccionarios (el capitalismo) le ha quitado a la industria su base nacional”.

Ha pasado más de siglo y medio de aquellas páginas y parece que describieran lo que sucede en Cajamarca. Desde los años noventa, cuando llega la minería moderna, altamente tecnificada, el nervio de la región empezó a alterarse. Ya no era el viejo socavón de origen colonial, primitivo y depredador, que desde las minas de Hualgayoc enriqueció a muy pocos sin tributar para nada, ni las plantas lecheras que les daban una muy vaga idea de la industrialización. Menos los cultivos de café, coca o amapola, que a veces entre mezclados, mantenían el ánimo bucólico.

Ahora se trata de una gran industria, con muy altas dosis de innovación tecnológica, que convierte montañas de tierra en oro y riqueza. Una producción de ese nivel requiere máquinas e insumos de alta tecnología y por cierto personal calificado.

Solo el impacto de la presencia inicial de la minera sobresaltó la modorra feudal que la arropaba en el atraso. Los servicios más elementales tuvieron que ir poniéndose al día, emergiendo de un mar de pobreza.

Las relaciones sociales se alteraron y las beatas vieron horrorizadas la aparición de discotecas y otras maldades del capitalismo.

Lo significativo de la protesta actual es que no se hace nada para pedir más canon ni para renegociar la renta minera y conseguir una mejor redistribución. No están exigiendo participar en el accionariado de la empresa o la orientación hacia programas que eleven la educación pública en todos los niveles, que califique para una mayor productividad a su capital humano. Ni siquiera para acceder a un porcentaje en efectivo pagado directamente a los ciudadanos de la zona productiva.

Tampoco quieren que la renta minera se invierta en una conectividad informática con estándares internacionales. Nada de esto. Su problema es, como proclama un agobiado activista defensor de los “bienes creados”, que ellos no le pueden entregar a Dios el día del Juicio Final, la tierra llena de huecos.

El fanático que lidera el movimiento ya prohibió cualquier relicario de oro en sus templos.

    Agustín Haya de la Torre