¡Salud, América TV!

Don Neca Neca y don Antonio Umbert nunca imaginaron que estaban haciendo historia cuando echaron a andar América Televisión hace 50 años.

Por Diario La Primera | 20 dic 2008 |    

Eran los tiempos en que Lima podía respirarse y la verdura de los parques visitarse y los ómnibus Mercedes Benz flotaban en su amortiguación y te subías a uno de ellos y venía alguien uniformado de azul y te cobraba el boleto que minutos más tarde otro uniformado de azul te picaba para invalidarlo.

Los tranvías todavía cruzaban Lima con su vaivén y sus chispas y Prado gobernaba en francés y los apristas convivían con sus adversarios.

La radio, que era una caja de madera que decía Philco, era una distracción ocasional para los jóvenes pero una obsesión para los mayores. El aparato no tenía cubierta posterior para que no se recalentara y uno podía ver cómo, al encenderlo, se calentaban las válvulas hasta adquirir el tono ígneo que las hacía funcionar.

Uno de niño se maravillaba al ver que ese laberinto de cables y tubos incandescentes se convertía en la voz de Pantuflas, en las noticias de David Odría y en la música de Schubert y de muchos otros que transmitía Radio Selecta y que mi madre solía escuchar y hacernos escuchar.

Éramos pocos en Lima y vivíamos con la creencia estúpida de que todo sería siempre así y con la convicción aún más estúpida de que las cosas podían ir para mejor.

En ese paraíso estábamos cuando, para afianzar la esperanza, llegó la tele.

Era una caja de catorce pulgadas que nada tenía de boba porque gracias a ella el Llanero Solitario terminaba atrapando a los forajas y el Sheriff de Cochise sacaba su Colt-45 antes que nadie y hasta ese señor que hablaba como cubano pero que no era cubano –o sea Perry Mason- terminaba descubriéndolo todo, como sucede en las novelas policiales ejemplares.

Y fueron don Neca Neca y don Antonio Umbert los que nos permitieron ese primer deslumbramiento en blanco negro.

La verdad es que cuando la tele llegó a las casas nadie pensó que llegaría a ser tan importante. Para empezar, la transmisión empezaba a eso de las seis de la tarde, con el deber escolar cumplido, y la programación consistía en algunos dibujos animados, unas pocas series que pronto empezaron a repetirse y, de vez en cuando, algún programa en vivo. Los comerciales se hacían sobre el caballo, en un plató lateral, y el cartel de patrón de sintonía estaba siempre listo para llenar cualquier bache.

¿Quién iba a pensar en esa época que a la tonta de Lucy la terminarían sucediendo las arpías de Dallas? ¿Y quién hubiera dicho que la tele sería, con el tiempo, niñera ponzoñosa, maestra del mal gusto, alimento de revejidas, espejo de cojudos y comida caliente para Fernando Vivas?

Nadie lo hubiera dicho. Pero es que la tele empezó como un experimento y terminó siendo la sede gubernamental de 1984, la novela de Orwell. La imaginaron los líderes del entretenimiento y la terminaron haciendo los chulos del pensamiento único.

Pero, en fin, ni Neca Neca ni Umbert tuvieron que ver con lo que vino después.

Y entre lo que vino después estuvo, para mi asombro, mi paso profesional por América Televisión.

Sí, a pesar de que la tetudez miroquesadista (con sus escribas de yapa) me ha borrado de los archivos con tíner y me ha fusilado con la tecla del delete y me ha purgado para ejercer su sanchecerrismo de Club Nacional, este columnista comenzó su carrera televisiva y obtuvo sus mayores sintonías en América Televisión.

Hace meses que escribo a duras penas un libro sobre mi paso por la tele –el libro que Planeta pensaba publicar-, así que me reservo las mejores anécdotas para esa autobiografía de pantalla, pero me permitiré recordar un episodio que fue parte de la historia de la censura de la televisión peruana.

El año era 1983, el programa se llamaba “Visión”, la reportera era Sonia Goldenberg –una de veras brillante y decente- y el gobierno era el segundo de Fernando Belaunde Terry.

Sonia había logrado otra de sus notas extraordinarias: una cámara disimulada, metida gracias al pago a un celador, probaba que en el centro de detención policial de la Policía de Investigaciones del Perú (PIP) los presos –algunos de ellos acusados de delitos muy graves- salían de parranda los fines de semana y la lista que se pasaba era contestada por un par de voces que decían, alternadamente, “¡presente!” ante cada nombre pronunciado. Una farsa asquerosa, en suma.

Cuando los dueños del Canal se enteraron de que ese reportaje existía –había una red de soplones que se encargaba de esa tarea- me llamaron y me pidieron que no lo propalara, que el prestigio de la policía estaba en riesgo, que Sendero amenazaba al país, que no podía ser tan negativo.

Por supuesto que no les hice caso.

Al final de la difusión del reportaje, más o menos a la media hora de empezado el programa, el gerente general de América TV –don Mauricio Arbulú- llamó por teléfono a uno de sus esbirros en el control maestro y le ordenó que apenas yo me fuera a comerciales siguieran poniendo comerciales y más comerciales, hasta que la tanda fuera tunda y Hildebrandt se quedara en al aire sin pantalla, qué tal cojudo, ahora vería quién mandaba.

Así que me fui a comerciales y, en efecto, la tanda se extendió, abarcó minutos interminables, fue aderezada con todas las promociones del Canal. Y yo estaba allí, con el micro en la solapa, esperando regresar aunque a esas alturas sabía que no regresaría mientras mi director, el inolvidable Lucho Carrizales, gritaba y preguntaba que qué diablos era esto, que quién había dado esa orden, que qué canal era este.

Hasta que los minutos corrieron y entonces, inaugurando el arte de la censura en vivo, América Televisión puso a las 8 y 45 de aquella noche de domingo el programa cómico “Los detectilocos”, con producción de Fernando Guille y protagonismo de Ricky Tosso y el loco Ureta y su lengua casi bífida.

Arbulú había sido presionado por el ministro del Interior del momento, un boticario de Chimbote que juraba haber visto a la Virgen María. Luis Percovich se llamaba y no sé qué fue de él, pero no le guardo rencor y me pareció muy divertido lo que hizo (me refiero a cuando contaba que había visto a la Virgen).

Cuando salí a la calle, acompañado de algunos reporteros igualmente estupefactos, ya había decenas de televidentes protestando en la puerta del Canal.

Y cuando llegué a mi alquilado departamento de Jesús María esas decenas se habían convertido en una auténtica manifestación popular. Fui visitado aquella noche por políticos de todas las tiendas ajenas al gobierno de Belaunde y nunca olvidaré el abrazo solidario del entonces alcalde de Lima, don Alfonso Barrantes Lingán.

Hace 25 años que sucedió lo que cuento. Por lo tanto, yo también celebro las bodas de plata de mi censura más rochosa. ¡Salud, América TV, ahora que ya no necesitas censurar a nadie porque todos han llegado a un bonito arreglo-macro! La TV y el comercio terminaron casándose.

    César Hildebrandt

    César Hildebrandt

    Opinión

    Columnista