Ruego de un templado sin suerte

Sabe que la chibola rompecorazones, de ojos tan negros como la noche y el cuerpo fresco y frutal, no quiere nada con él sino con un hombre malvado; pero Daniel Marsano Escriba no se rinde y le promete que le bajará el cielo si es que acepta salir con él este catorce.

| 10 febrero 2013 12:02 AM | Columnistas y Colaboradores | 608 Lecturas
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Le asegura que si le dice que sí no mirará otra mujer en todo lo que le queda de vida; que todos los días si es preciso le llevará el desayuno a la cama aunque sabe que ella vive al otro lado de la ciudad; que si no sale con él se morirá de tristeza, pena y melancolía; que si sale con él le pagará incluso el semestre de la universidad y le comprará toda las prendas caras que ella le pida. Sin embargo, la chibola rompecorazones no le dice sí, pero tampoco le dice no; y lo tiene a Daniel en una espera horrible que le aprieta el corazón con todas las fuerzas del mundo. Daniel le regaló ayer una cartera luego de sacar un préstamo de un centro comercial de capitales chilenos y le dijo: “Espero que esta cartera, que hará juego con los zapatos que mañana te regalaré, la uses el catorce”. La chibola, roja como tomate, no le dijo nada y seguro no le dirá nada ahora cuando reciba el par de zapatos que le ha prometido. La indecisión de la chibola radica en que ama a un hombre casado con todas las fuerzas de sus veintidós años de edad y este malvado aún no le dice nada sobre el catorce porque la pasará todo el día con su esposa. Ella siente cariño bonito por Daniel a quien lo conoce lo suficiente para decir que es un chico lindo, pero no lo ama aunque le dijo a su amiga cercana: “Me iré con Daniel si el tonto se va con su esposa”. Daniel espera una repuesta de la chibola dorada y ésta, con las mismas ganas que él, aguarda que su amado casado le diga algo. Los amores son así como eslabones de cadenas imaginarias y no necesariamente están juntos los eslabones, están separados por otros de la cadena del amor que también se derriten por otros eslabones.


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