Romualdo por segunda vez

El 31 de diciembre del 2007 publiqué esta columna dedicada a Alejandro Romualdo, hoy en el centro de una noticia que pretende ser policial (como casi todo lo que sucede en el Perú). La situación de Romualdo en los últimos años no había producido demasiadas tristezas en el mundo caníbal de la llamada “cultura peruana”, donde prima más que nunca el compadrazgo, el olvido y la mermelada editorial. Romualdo se ha ido sin pedir nada (ni siquiera permiso). Su generación no deja, en relación al talento, ningún principado vacante ni nadie que pueda ser llamado huérfano testamentario de los rabiosos años 50. Hoy está de moda estar de acuerdo y cobrar por ello. A continuación, el texto de fines del ­año pasado.

| 29 mayo 2008 12:05 AM | Columnistas y Colaboradores | 2.5k Lecturas
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Puños y letras

Alejandro Romualdo Valle tiene 81 años y jamás le ha pedido nada a nadie. Ni siquiera pidió recibir el Premio Nacional de Poesía en 1949.

Tampoco pidió ser considerado en México uno de los poetas más importantes de ­América Latina.

Ni ha nacido de él o de su entorno provocar esa admiración militante que muchos sentimos por lo que escribió de puro amor y rabia. Su Canto Coral a Tupac Amaru, por ejemplo, que algunos recitan en formato mutilado y sin citar al autor.

Romualdo no da entrevistas, no aparece en el vano oficio de la televisión alanista ni llama a los jefes de las secciones culturales para que lo nombren o comenten “Ni pan ni circo”, su reaparición en las letras tras muchísimos años de silencio.

Romualdo, en suma, es un hombre que carece de “inteligencia social”, ese invento que hoy nombra a la astucia para crear ­alianzas y que, en el caso de la literatura, apunta más bien al oportunismo rastrero y al padrinazgo con sucursal en Barcelona.

Chuncho, cuántas veces asqueado, recluido en la discreción –de la que fue raptado hace meses para un incomodísimo homenaje–, Romualdo es un poeta que sobrevivirá al juicio del tiempo y a la tacañería de sus contemporáneos. Porque buena parte de su poesía viene de la luz y es poderosa por lo que dice y sabia y original en las maneras. Y porque Romualdo mismo, como poeta y como persona, pertenece, como Lévano, a ­ese hemisferio decente y despoblado que está lejos de la sociedad del bombo mutuo, la antología por canje y la reseña de antemano.

Por esa y por otras razones Romualdo es, en muchos sentidos, un olvidado más. Y, colateralmente, y aunque sea temerario decirlo, un maltratado social más, una víctima de ese Estado que es filantrópico con las mineras y manirroto con los sinvergüenzas pero remoto y mudo con sus mayores y mejores. Por eso algunos están pidiendo –y quien escribe esto, modestamente, se suma– una pensión especial para quien no la solicita pero sí la merece y quizás hasta la necesite, una diminuta cuota de generosidad para un hombre que sólo ha escrito, dibujado y pintado lo que le fue dictado por los forros, un hombre sin marketing ni agentes ni agenda social ni arreos de bandera. Un hombre que Lima no pudo planchar ni almidonar (ni perdonar).

Romualdo, como Gabriel Celaya en España, habló del mundo mal hecho y remediable y también de las cosas que no habría que cambiar jamás: el amor como locura, la memoria selectiva de la infancia, la ironía como arma del tiempo.

Fue Romualdo quien escribió este cuarteto que murmuro con mucha frecuencia para evitar la locura:

“¡Ay tierra mía, cielo por los suelos!

Lo que serás seré junto contigo.

No puede ser posible. Esto se acaba.

No puede ser verdad. Pero hay testigos”.

Y salió del talento de Alejandro Romualdo Valle esta feroz e incontestable pregunta que hoy nos puede parecer tan pertinente:

“¿Quién nos ha dado –ma no despiadada

en el juego mortal de nuestra vida–

para ganar la Última Partida

una espada sin filo y oxidada?”

Tenía yo diecinueve ­años cuando salió la primera edición de “Como Dios manda”. Han pasado los años pareciéndose y, sin embargo, no he podido olvidar la emoción (todavía vigente) de leer poemas como Puño y letra:

“Pon

la letra

en el puño: Escribe, escribe, escribe,

contra viento y marea, a contrasombra,

contra toda esta horrible mascarada

que cruza diariamente nuestros ojos…”

Han pasado los años y se han caído los muros y los ídolos, pero Romualdo no ha tenido que eviscerarse ni desmantelarse para seguir viviendo y escribiendo. Porque una cosa es actualizarse y ­otra, muy otra, venderse como un TLC.


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César Hildebrandt

Opinión

Columnista