Roma, ciudad cerrada

El problema de la inmigración ilegal lo ha enfrentado ayer Silvio Berlusconi con la simpleza que caracteriza a la Camorra: un solo disparo entre los ojos.

| 22 mayo 2008 12:05 AM | Columnistas y Colaboradores | 719 Lecturas
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Es decir que en Italia, desde ayer, la inmigración ilegal es un delito que podrá pagarse con carcelería, primero, y una deportación a velocidad de tren bala, después.

La inmigración ilegal armada y peluda, como se sabe, fue perfeccionada hasta niveles de homicidio multitudinario por los romanos, a los que no les bastaba Roma y que solían inmigrar a heredades cada vez más remotas, adop­tando la drástica costumbre de ­apoderarse de los países que visitaban a sangre y fuego para luego poder tratar como inmigrantes impropios a los naturales de esas tierras esclavizadas.

Desde la Galia a Iberia, de Leptis a Tripolitania, de Bretania a Siria, pasando por Judea, los casi irreconocibles ancestros de Berlusconi fueron inmigrantes entusiastamente ilegales que tasajeaban a los malvados que se les oponían, crucificaban a los reincidentes, lanzaban a los leones a los libertarios y añadían a su lista de sacrificadas tareas ­aquella de explotar las mejores nuevas tierras legionariamente conquistadas.

Fueron provincias romanas por la fuerza de la inmigración fulminante, por ­ejemplo, Ispalis (o sea Sevilla), Emérita (es decir Mérida), Augusta Treverórum (Tréveris), o Londinium (Londres). Es que los romanos ­eran muy ingeniosos con eso de los topónimos y les bastaba pisar ­una ciudad, trocear a sus autoridades como Marte mandaba, bautizarla con esa lengua que más tarde iría a Misa y sentir, casi de inmediato, que la patria se había anchado ­otra vez para contento de los césares y usufructo de los generales.

Y eran bien viajeros estos romanos. Cómo serían de viajeros que hasta a Egipto llegaron sus inmigrantes dando de alaridos y ensangrentando lo que pudieron del Nilo. Muchísimos años después de esclavizarlos, Roma concedió a esos hijos de las pirámides un ­equivalente de la ciudadanía romana. El paso lo dio en el ­año 212 de la era cristiana el emperador Marco Aurelio Antonino, más conocido por la historia como Caracalla. Eso sí: Caracalla les dio ese privilegio siempre y cuando tributasen doblemente: como indígenas de Egipto (de verdad) y como ciudadanos de Roma (por razones fiscales). A los romanos no se les pasaba ningún detalle.

Para resumir, fueron tan ­exitosamente peregrinos los genes que Berlusconi intenta hoy preservar en su pureza mil veces mestiza, que Europa –con alguna excepción de índole germánica–, lo que se conocía de Asia, y todo el norte de África, fueron objeto de la expansión migratoria romana. Legiones y legiones de salvajismo conquistador y crueldad colonial agrandaron Roma al punto de que, en el siglo V de nuestra era, el poeta Rutilio Namaciano decía, con razón, que “Roma le había dado una patria única a un mundo abigarrado”.

Quién hubiese dicho que, mil seiscientos años después de lo escrito por el poeta, un milanés llamado Silvio Berlusconi nombraría a otro milanés llamado Roberto Maroni y que ambos anunciarían que la vieja Roma, reducida a su mínima expresión, ya no sería más tierra de acogida sino búnker del nacionalismo erizado y que, a partir de julio, los departamentos de los inmigrantes hallados en flagrancia de residencia informal serían expropiados, las deportaciones se acelerarían y hasta la circulación de ciudadanos europeos se supeditaría a una serie de requisitos de emergencia.

No es casualidad que estas medidas se hayan tomado en una Nápoles mafiosa que, por una huelga, parece un inmenso basurero. Las leyes de Berlusconi nacieron en el Milán racista de la Liga del Norte. Sí, en el mismo Milán que excretó a Mussolini. Sí, en el Milán de donde salieron los primeros gritos del fascismo aquel que intentó remedar “la inmigración” de los césares “viajando” a la antigua Abisinia (Etiopía), haciéndose socio de Hitler y haciendo el ridículo con sus derrotas de estampida en África.

Si Estados Unidos hubiese sido tan quisquilloso con los inmigrantes italianos, su historia se hubiese privado de notabilidades como Enrico Fermi, a quien se debió, en 1942, el primer reactor nu­clear de la carrera atómica. Pero algún norteamericano rabioso también podría decir que un control aduanero menos permisivo habría librado a su país de los Capone y los Luciano.

Si aquí hubiésemos tratado a los romanos como los italianos fascistoides de hoy tratan a los extranjeros no habríamos conocido al gran Raimondi ni habríamos saboreado los helados D’Onofrio. Ni habríamos tenido el auxilio heroico de los bomberos italianos que la soldadesca chilena fusiló en el incendio de Chorrillos. Porque en ellos pensamos cuando alguien nos habla de Italia, por más que Berlusconi y la Caverna europea nos quieran hacer creer que las tierras del Dante pertenecen ahora sólo a los Matterazi, los Genovese y los Maroni a la milanesa.

Roma se amuralla. España la imita todavía pálidamente. Europa empieza a blindarse. Pero de eso no se habló en la inútil Cumbre que a Torre Tagle tanto satisfizo. Y de eso ­era de lo que había que hablar, precisamente, de esta crisis mundial de xenofobias que acaba de estallar.


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César Hildebrandt

Opinión

Columnista